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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 1234

—No tengo mi celular.

Zacarías sacó el celular de Martina de su bolsillo, lo encendió y se lo entregó.

Martina comenzó a teclear, observando a ambos sujetos con disimulo. Aprovechando que estaban distraídos discutiendo, se apresuró a enviarle su ubicación actual a Víctor a través de WhatsApp.

—¡¿Qué carajos estás haciendo?!

Pero para su mala suerte, Zacarías volteó en el momento exacto en que ella cerraba la aplicación y le arrebató el celular de un manotazo.

Aterrada ante la posibilidad de que él borrara el mensaje, Martina se aferró a sus piernas con todas sus fuerzas.

—¡Zacarías! ¡¿De verdad crees que salir impune de un asesinato es tan fácil?! ¡Te equivocas! ¡Mis amigos ya me están buscando y te aseguro que me encontrarán! ¡Terminarás en la cárcel y te pudrirás allí! Pero si te detienes ahora mismo, aún tienes la oportunidad de salvarte. ¡No dejes que estos delincuentes te arrastren a su abismo! Ellos tal vez pasen un par de años encerrados, ¡pero tú vas a arruinarte la vida para siempre!

No le importaba si Zacarías escuchaba sus palabras o no; su único objetivo era sembrar la duda y ganar tiempo para que la ubicación fuera recibida por Víctor y no pudiera ser eliminada.

El hombre moreno le propinó un par de patadas brutales en las costillas.

—¡Esta desgraciada es demasiado astuta! ¡Mejor la callamos de una vez por todas antes de que nos meta a todos en un problema que no podamos controlar!

Al escuchar eso, Zacarías coincidió plenamente.

—¡Pues ¿qué diablos esperas?! ¡Mátala de una puta vez!

Mientras levantaba el cuchillo de nuevo, el hombre protestó:

—¡Si yo la mato, yo me llevo la peor condena! ¡El que no se ensucie las manos recibirá menos tiempo en la cárcel!

Martina estaba temblando de terror, pero se obligó a clavar su mirada en los ojos de su verdugo, desafiante y decidida.

Y el hombre, bajo la intimidante y fría mirada de Martina, realmente se asustó. Si la policía llegaba a descubrirlos, era evidente que el autor material del asesinato enfrentaría una sentencia mucho más severa que su cómplice.

¿Por qué él iba a cargar con el peso de un homicidio mientras el otro solo disfrutaba del dinero sin haber corrido ningún riesgo?

Era completamente injusto.

—Tsk. A decir verdad, yo tampoco tengo las agallas para hacerlo. Al fin y al cabo, nunca he matado a nadie —dijo el hombre, bajando el cuchillo y dando un paso atrás.

Zacarías, histérico, estalló en gritos:

—¡Lo dijo a propósito para jugar con tu mente y que no la asesines!

Con los ojos inyectados en sangre, Zacarías agarró el cuchillo con ambas manos y se preparó para ensartarlo en el corazón de Martina. Pero en ese preciso milisegundo, la puerta fue destrozada de una patada colosal. Antes de que el miserable pudiera reaccionar, una bota se estrelló contra su estómago y lo lanzó con fuerza bestial contra la pared.

—¡Te atreves a tocarla y te arranco la cabeza, maldito infeliz!

Víctor descargó una lluvia de patadas salvajes sobre el cuerpo de Zacarías, pisoteándolo sin piedad. Al ver que el criminal aún osaba levantar el arma, se la arrancó de las manos y la arrojó a un rincón.

Al instante siguiente, Floriana apartó a Víctor del agresor. Lo hizo, evidentemente, temiendo que la ira ciega lo llevara a cometer una locura y asesinar a Zacarías a sangre fría.

El hombre moreno intentó defenderse, pero Jairo lo redujo en cuestión de segundos, dejándolo aplastado contra el suelo de tierra.

—¡Y-yo no sé nada de esto! ¡Se los juro, todo fue idea suya! —chilló el cobarde, señalando a Zacarías—. ¡Él me obligó!

El hombre rezaba para que Jairo tuviera piedad de él y lo dejara escapar.

Pero Jairo los agarró a ambos y los lanzó uno junto al otro, dejando que Víctor desatara toda la furia acumulada sobre ellos en una golpiza implacable.

Floriana e Isabella corrieron a socorrer a Martina. La mujer estaba cubierta de magulladuras, pálida como el papel y en un estado crítico, casi agónico.

Al ver los rostros conocidos de sus amigos, Martina al fin pudo soltar un largo y profundo suspiro de alivio antes de perder el conocimiento.

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