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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 1235

Cuando volvió a abrir los ojos, estaba en el hospital. Martina no sabía cuánto tiempo había dormido, pero al menos sentía que había recuperado un poco el aliento.

Su abdomen aún le dolía, aunque, trágicamente, ya se había acostumbrado a esa agonía.

Así era su enfermedad. En los últimos días, ni siquiera los analgésicos más fuertes hacían efecto; solo le quedaba soportarlo a fuerza de voluntad.

—Martina, al fin despiertas.

Martina giró la cabeza y vio que era Floriana.

Entonces lo recordó todo. Justo cuando Zacarías estaba a punto de atacarla, Floriana y los demás habían llegado a tiempo para salvarla.

—Gracias...

Floriana le tomó la mano. Quiso decir algo, pero un nudo en la garganta la ahogó.

Al verla así, Martina supo de inmediato que ya se habían enterado de su condición.

—La verdad es que no pasa nada, ya lo he aceptado.

—Debiste habernos dicho antes.

—No quería que sufrieran por mi culpa —suspiró Martina, y luego miró a su alrededor con debilidad—. Víctor...

—Él está contactando a los mejores especialistas, buscando a ver si todavía hay alguna posibilidad de operarte.

Martina esbozó una sonrisa amarga.

—Con mi estado actual, ni siquiera puedo sentarme por mi cuenta, mucho menos soportar una cirugía.

—Siempre hay que intentar.

Martina asintió levemente. Sabía que, si no lo intentaba, Víctor nunca se daría por vencido.

Estaba exhausta. Intercambiaron un par de frases más y volvió a quedarse dormida. Cuando volvió a abrir los ojos, ya era de noche. Víctor velaba junto a su cama. Al verla despertar, él agachó la mirada rápidamente.

—Debes tener hambre. Dime qué se te antoja, iré a comprártelo.

—Estás llorando —dijo Martina.

—Qué voy a estar llorando, soy un hombre hecho y derecho. Viste mal.

—Entonces, ¿por qué no levantas la cabeza y me miras?

—Porque... porque no tengo ganas de verte.

Martina extendió una mano temblorosa y le revolvió el cabello a propósito. Él no pudo resistir la broma y finalmente levantó el rostro. Tenía los ojos tan rojos e hinchados que era evidente que había estado llorando durante horas.

Al verlo tan destrozado, Martina solo sintió una profunda culpa.

—Justamente por esto no quería decirte nada.

—¿Cómo pudiste ser tan cruel?

—Perdóname.

Víctor no supo qué decirle para consolarla. Temiendo echarse a llorar otra vez frente a ella, murmuró que iba a comprarle algo de cenar y salió apresurado de la habitación.

Martina dejó escapar un largo suspiro. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, se apoyó contra la pared, salió de la cama y arrastró los pies fuera de la habitación.

—Oiga, ¿qué hace levantada? —la regañó una enfermera al verla.

—La chica que ingresó junto conmigo... ¿en qué habitación está?

—En el tercer piso.

—Gracias.

La enfermera intentó hacerla volver a la cama, pero ella se negó en rotundo.

—Estoy bien, solo quiero ir a verla un segundo.

Tomó el ascensor hasta el tercer piso y buscó puerta por puerta, hasta que finalmente encontró a Yara Solís.

—¡Tía Martina!

Al verla entrar, Yara intentó levantarse de inmediato de la camilla, pero una mujer que estaba a su lado la obligó a recostarse suavemente.

—Tienes las costillas rotas, no puedes moverte.

Martina frunció el ceño. Cuando Zacarías la estaba golpeando, la joven Yara se había interpuesto para recibir varios de esos golpes. Seguro fue entonces cuando se las rompió. La pobre chica había aguantado el dolor en silencio, sin quejarse ni una sola vez.

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