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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 1242

—¿Acaso el joven Rodríguez tiene mucha prisa por irse? —preguntó Tatiana levantando una ceja.

Ignacio carraspeó, incómodo.

—No... no es nada urgente.

Se dejó caer de nuevo en el sofá y acercó su vaso hacia Isabella.

—Sírveme otro poco, por favor.

Isabella, aguantando la risa, le sirvió otro trago.

—Jamás me hubiera imaginado que Tatiana y tú...

—No... no quiero hablar de eso.

—Por tu reacción, supongo que las cosas terminaron bastante mal.

—No terminaron mal, ¡terminaron pésimo!

—¿Y te niegas a asumir la responsabilidad?

—¡Oye!

Ignacio se llevó una mano a la boca y la miró horrorizado. ¿Cómo era posible que Isabella hubiera atinado con tanta precisión?

Al ver su expresión de espanto, Isabella supo que había dado en el clavo.

—Así que, cada vez que la ves te muerde la culpa y por eso prefieres salir corriendo.

—Por favor, cállate.

Había acertado demasiado bien y él sentía que se iba a desmayar de la vergüenza.

—¿Quieres un consejo?

Ignacio lo meditó unos segundos.

—Dime.

—En vez de andar escondiéndote por las esquinas, siéntate a hablar con ella frente a frente. A Tatiana le gustan las personas directas.

Ignacio soltó un suspiro de resignación.

—Tienes razón, debería hablar con ella.

Del otro lado de la sala, Tatiana, Nadia y Thiago terminaron de definir los detalles del trabajo y se acercaron a charlar con Isabella.

Esa noche, Nadia tenía programada una sesión de fotos. Ella nunca solía cenar pesado, por eso le había pedido a Renata algo tan ligero como esos fideos, pero ahora, después de tanta charla, el plato estaba arruinado.

—¿No te das cuenta de que eso ya no sirve? Llévate ese plato de inmediato y prepárale uno nuevo —le gritó Thiago a Renata en tono de regaño.

Renata no replicó. Simplemente recogió el tazón con los fideos pasados y salió apresuradamente.

Poco tiempo después, regresó con un plato recién hecho y humeante.

Nadia apenas tomó dos bocados antes de empujar el tazón hacia un lado y decir que ya estaba satisfecha.

—Claro que no. En todo caso, si alguien sale perdiendo en ese tipo de situaciones, es la mujer.

—Yo no perdí nada. Ni siquiera me esforcé y, para ser sincera, lo disfruté bastante.

Las mejillas de Ignacio se tiñeron de rojo. Él no era ningún jovencito inexperto; había tenido incontables novias y juraba estar curado de espantos. Sin embargo, cada vez que estaba frente a Tatiana, siempre terminaba siendo él el acorralado. Su corazón se aceleraba, la cara le ardía y terminaba balbuceando tonterías.

Esa mujer era demasiado atrevida para sus nervios.

—Lo de aquella noche... fue un accidente.

—Qué alivio. Pensé que me ibas a acusar de haberlo planeado todo.

Ignacio apretó los labios con frustración.

—Mira, lo que trato de decirte es que, si quieres que me haga responsable, estoy dispuesto a hacerlo.

—¿A qué te refieres con 'responsable'?

—Puedo... puedo salir contigo. Formalmente.

—¿Y a eso le llamas hacerte responsable?

—¡Tampoco me pidas que nos casemos de inmediato!

Tatiana le dio un par de palmadas firmes en el pecho y lo miró a los ojos.

—A lo que me refiero, querido profesor, es que la que no quiere hacerse responsable de ti, soy yo. Así que no, no saldré contigo.

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