—¿A qué le tienes miedo? —le preguntó el abogado a Nadia, girando el rostro hacia ella.
Nadia soltó un suspiro pesado.
—La policía me dijo que esa mujer quedó en estado vegetativo y que acaba de morir.
—Yo mismo te informé que la mujer había quedado en coma.
—¿Lo hiciste? No lo recuerdo. Te juro que no tengo ningún recuerdo de eso.
El abogado esbozó una sonrisa sutil. Era evidente que Nadia prefería jugar a la ignorancia para no cargar con la culpa ni asumir responsabilidades. No tenía sentido discutir; dejaría que ella creyera su propia mentira.
—La mujer está muerta. Qué pésimo momento para morirse.
—No importa si está viva o muerta. Lo único que importa es que hay un acuerdo firmado. Si intentan extorsionarnos, podemos meterlos a la cárcel.
—Mi objetivo no es llegar a los tribunales, es apagar este incendio. Necesitamos que mantengan la boca cerrada y no hagan más escándalo.
El abogado soltó una carcajada suave.
—Se nota que no tienes experiencia lidiando con esta gente. No entiendes cómo piensan. Seguro vienen con la idea de sacarnos una fortuna. No podemos ceder de inmediato. Primero hay que asustarlos un poco; solo así aceptarán la cantidad de dinero que nosotros decidamos ofrecerles.
Las palabras del abogado lograron tranquilizarla.
El hombre era un profesional. Ella no tenía por qué desgastarse.
—Aun así, te sugiero que te quedes en el privado. No es buena idea que te vean la cara.
Nadia lo pensó un segundo y asintió. Se acomodó detrás de la mampara que dividía el salón, lejos de miradas indiscretas.
Pasaron unos minutos más hasta que la puerta finalmente se abrió.
Nadia asomó la cabeza levemente. Al ver el rostro de la persona que entraba, se quedó paralizada.
¿Cómo... cómo podía ser ella?
¡Renata!
La mente de Nadia colapsó. Intentó hacer memoria, uniendo las piezas de un rompecabezas macabro. Recordó vagamente a alguien comentando que la madre de Renata estaba gravemente enferma y que por eso ella necesitaba tanto dinero.
El abogado hizo un esfuerzo sobrehumano por mantener la compostura. Era uno de los litigantes más prestigiosos de Nublario; nadie lo había tratado con tanto desdén.
—Señorita Morales, me enteré del reciente fallecimiento de su señora madre. Debe estar pasando por un momento muy doloroso.
—Si tu madre se muriera, ¿te dolería?
El rostro del hombre se descompuso al instante.
—Si la señorita Morales viene con una actitud hostil, me temo que no podremos llegar a ningún acuerdo.
—Entonces no hablemos —respondió Renata, apoyando las manos en la mesa para levantarse.
—¡Señorita Morales! —exhaló el abogado, perdiendo la paciencia. Recordaba a la Renata de antes como una muchacha dócil y fácil de manipular. Esta versión fría y afilada lo estaba tomando por sorpresa.
—Asumo que el tiempo de ambos es valioso. Vayamos al grano.
Renata volvió a recargarse en la silla y arqueó una ceja.
—Últimamente he estado viendo mucho chisme en redes sociales, pero nunca imaginé que yo sería la protagonista de uno. Así que Nadia fue quien atropelló a mi madre. ¿Y encima iba completamente borracha?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...