Renata miraba de reojo al hombre que estaba cocinando en su propia cocina, sintiendo que toda la situación era surrealista.
Este genio ermitaño no solo vestía a la moda y manejaba un deportivo de lujo, sino que también era un fanático de la cocina y devoto a su gran amor. Era una extraña mezcla de arrogancia y ternura que, sorprendentemente, le quedaba a la perfección.
_¡Espera!_ De pronto supo exactamente cómo desarrollar a su nuevo personaje, el mecánico: ¡sería idéntico a Fabrizio Carrillo!
Llena de inspiración, sacó las escenas donde aparecía el mecánico y comenzó a modificar su personalidad. Las palabras fluían; sentía que el personaje siempre debió haber sido así. Se sumergió tanto en la escritura que solo reaccionó cuando el olor a comida inundó el departamento.
Los capeletis de Fabrizio estaban listos.
Renata pensó que, esta vez, se comería el plato entero solo para que no hubiera sobras y no desperdiciarlo.
Pero resultó que Fabrizio ni siquiera le dio a probar. Con total confianza, sacó los capeletis, los acomodó cuidadosamente en un recipiente hermético, los guardó en una bolsa térmica y se preparó para irse.
—Este... ¿puedo darle un consejo?
Fabrizio frunció el ceño.
—¿Qué clase de consejo podrías darme tú?
_¿De verdad piensa que soy tan idiota que ni siquiera sé comer?_
Renata puso los ojos en blanco, pero siguió:
—Asumo que no suele comer esta pasta, ¿verdad?
—Soy del sur.
—Pues estas pastas rellenas deben comerse con un poco del caldo donde se cocinaron, o de lo contrario caerán pesadas al estómago.
La expresión de Fabrizio se volvió completamente seria.
—¿Quién dijo eso? ¿Tiene algún respaldo científico?
Renata suspiró.
Llevó a Fabrizio hasta una cafetería. Lo vio entrar y, como sabía que luego tendría que llevarlo de vuelta, decidió esperarlo en el auto, aprovechando para seguir puliendo los diálogos de su personaje.
El tiempo se le pasó volando. Cuando volvió a mirar hacia el ventanal, vio que Fabrizio seguía solo. Miró la hora: habían pasado cuarenta minutos.
Su rostro, habitualmente inexpresivo, ahora reflejaba cierta ansiedad. Miraba el recipiente de la comida, probablemente temiendo que los capeletis se arruinaran por el tiempo.
Eso hizo que a Renata le diera aún más curiosidad. ¿Quién sería esa mujer capaz de tener a alguien tan orgulloso comiendo de la palma de su mano, dispuesto a todo por ella?
En ese momento, apareció una mujer llevando de la mano a una niña de unos siete u ocho años. Miró el ventanal de la cafetería, le dijo un par de cosas a la niña y entró sola.
Renata no le prestó atención hasta que vio a la mujer sentarse en la mesa frente a Fabrizio.
_¿Es ella?_
Vio cómo la fría expresión de Fabrizio se derretía al instante, cómo sacaba el recipiente con la comida y se lo ofrecía con nerviosismo y una evidente timidez. No cabía duda, era la mujer que estaba esperando.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...