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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 1315

Como si temiera que él siguiera insistiendo, la mujer tomó a su hija de la mano y se marchó a toda prisa.

Fabrizio se quedó mirando la espalda de la mujer mientras se alejaba. Se quedó petrificado, incapaz de moverse durante un largo rato.

—Hola, disculpe, ¿aún van a querer sus empanadas?

El mesero de la cafetería se acercó corriendo para preguntar.

Renata estaba a punto de decirle que se las llevara, pero Fabrizio se dio la vuelta, regresó al interior del local y se sentó en su lugar original.

Renata le pidió disculpas al mesero y se sentó frente a él.

—La verdad es que no puedes forzar los sentimientos. Aunque eres un gran partido, ella ya está casada. Lo que intentas hacer no es muy ético que digamos, ejem...

Se le escaparon los pensamientos en voz alta sin querer.

Como era de esperarse, Fabrizio la miró con frialdad.

—Cuando me enamoré de ella, aún no estaba casada.

—¿Eh?

—Me enamoré de ella cuando tenía quince años.

¿Quince años?

—Y cuando cumplí veinte, le propuse matrimonio.

¿Veinte años?

—Ella llegó a sentir algo por mí, incluso aceptó darme una oportunidad. Pero me fui al extranjero durante un mes para un intercambio con mi tutor, y cuando regresé... ya se había casado con otro.

Renata lo pensó un momento y preguntó:

—¿Y... cómo la conociste?

—Era la empleada de mi casa.

—Ya veo.

El joven de familia rica que se enamora de la mujer que lo cuida... Resulta que esos clichés no solo existen en las novelas, sino también en la vida real.

—Pero al fin y al cabo, ella ya hizo su vida. Ahora tiene una hija y una familia feliz...

—¡Si tuviera una familia feliz, no la molestaría! Pero se casó con un infeliz, un vago que no hace nada más que beber y golpearla. ¡Ese tipo la ha mandado al hospital varias veces a punta de golpes! Le he suplicado que se divorcie, pero siempre me dice que no quiere que su hija crezca sin un padre. ¡Y lo perdona una y otra vez!

Tras un momento de relativo silencio, Renata se dio cuenta de lo mucho que Fabrizio le había contado. Eran detalles sumamente íntimos.

Eso la hizo sentir un poco incómoda.

—Este... tus empanadas...

—¿Te las quieres comer?

—¿Eh?

—¿No quieres?

—Tampoco es eso.

—Cómetelas.

Renata apretó los labios. Fabrizio seguía siendo el mismo de siempre, hablando de forma tan errática y sin filtro.

Sin embargo, por miedo a que se ofendiera si las rechazaba, acercó el plato hacia ella, tomó una y se la llevó a la boca. Mmm, estaban deliciosas.

Ayer solo había probado la mitad de una y se había quedado con el antojo.

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