Renata se acercó a la puerta y miró por la mirilla. Thiago estaba afuera. Una ola de molestia la invadió; su primera intención fue ignorarlo, pero él siguió tocando.
A estas horas de la madrugada, seguramente despertaría a los vecinos.
Sin más remedio, Renata abrió.
—¿A qué viniste?
Thiago soltó una pequeña risa.
—Vi la luz de tu departamento encendida desde la calle. Supuse que seguías trabajando, así que fui a comprarte algo de cenar.
Levantó la bolsa que llevaba en la mano.
—Señor Flores, me parece que usted y yo no tenemos el tipo de relación en la que nos traemos cena a medianoche, ¿verdad? —frunció el ceño Renata.
—De verdad necesito hablar contigo.
—Ya sé de qué quieres hablar, pero no puedo darte lo que buscas.
—Vengo con buenas intenciones.
—No necesito tus buenas intenciones.
Renata intentó cerrar la puerta, pero Thiago interpuso el pie para bloquearla.
—Si prefieres que hablemos a través de la puerta, por mí no hay problema. Solo que tendré que levantar un poco la voz.
Renata soltó una risa sarcástica.
—¿Desde cuándo el Señor Flores se volvió un sinvergüenza?
Thiago se encogió de hombros.
—Sabes que no me dejas otra opción.
Renata guardó silencio unos segundos antes de dejarlo pasar.
—¿No habías terminado ya tu guion? ¿Aún lo estás corrigiendo?
Al ver la computadora en la mesa de centro, Thiago preguntó de manera casual. Sin embargo, Renata la cerró de golpe, como si temiera que él viera la pantalla.
Thiago frunció el ceño.
—¿Estás a la defensiva conmigo?
Renata no respondió. Simplemente tomó la comida que él le ofrecía y la dejó en la cocina, sin ninguna intención de probar bocado.
—Di lo que tengas que decir.
—Te estoy hablando en serio. Quiero llegar a un acuerdo.
—Si me dieras mil millones, tal vez sí dejaría las cosas por la paz.
—¡Renata!
—¿Qué pasa? ¿Para salvar a Nadia ya no te parece que lo valga?
Thiago se recargó contra el respaldo del sofá. En el fondo, sabía perfectamente que venir a negociar con Renata a estas horas no iba a dar ningún resultado, pero simplemente necesitaba venir. Quería... quería verla.
Thiago bajó la mirada. Al parecer, había tomado de más.
Antes, cada vez que bebía, lo primero que hacía era buscarla. Quería abrazarla, besarla, y luego, bajo los efectos del alcohol, hacerla suya sin piedad...
No podía seguir pensando en eso, o perdería el control.
—Renata, si no hubiera pasado lo de tu madre... ¿crees que estaríamos juntos?
—Señor Flores, debe de estar bromeando. ¿Cuándo hemos estado 'juntos'?
—Aquel año...
—Aquel año solo fue un trato. Esas fueron sus propias palabras.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...