—Enséñame. ¿Cómo hago para dejar de amar a alguien?
—Está bien, te enseñaré, pero primero suéltame.
Fue entonces cuando Fabrizio soltó su agarre. Renata se incorporó rápidamente y se bajó de la cama.
—Enséñame, enséñame.
—Duérmete primero. Mañana, cuando despiertes, te enseñaré.
Como Fabrizio ya estaba medio inconsciente, esas palabras lo tranquilizaron. Ladeó la cabeza y volvió a quedarse profundamente dormido.
Renata fue de prisa a buscar la escoba para recoger los pedazos de vidrio del suelo. Al salir de la habitación, se dio cuenta de que Thiago seguía de pie en la puerta, mirando hacia adentro con expresión helada.
—¿Tú... todavía no te has ido?
Thiago soltó una risa amarga.
—Claro, preferirías que me largara de una vez para no interrumpir tu asuntito, ¿no?
Renata pensó en la escena de hace un momento. Obviamente Thiago lo había malinterpretado todo, pero a ella le daba igual.
—¿Y entonces qué esperas para irte?
Thiago apretó los puños con fuerza.
—¿Quién es él?
—¿A ti qué te importa?
—Acabamos de separarnos y ¿ya te conseguiste a otro?
A Renata le pareció absurdo.
—Para empezar, no nos separamos, simplemente se acabó el trato. Y en segundo lugar, ¿por qué no podría estar con alguien más? Tú te fuiste corriendo a los brazos de Nadia incluso antes de que lo nuestro terminara. Además, ¿con qué derecho me vienes a reclamar? ¿No te das cuenta de lo ridículo que suenas?
El rostro de Thiago se volvió sombrío por completo. No tenía cómo refutar ni una sola palabra de Renata, pero la furia seguía hirviendo en su interior, a pesar de que no tenía ningún derecho a sentirla.
—Yo... solo me preocupa que algún hombre te esté usando.
Renata ya no tenía paciencia para seguir discutiendo con él.
—Es mi problema. ¡Hazme el favor de salir de mi casa ahora mismo!
—¡Renata!

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...