Renata no pudo contener la furia que le ardía en el pecho y le cruzó la cara a Thiago con una bofetada.
—¡Thiago, mi mamá está muerta! ¡Falleció! ¡¿Acaso pretendes que no pueda descansar en paz ni siquiera después de muerta?!
—¡Fui yo!
Renata estaba fuera de sí. Levantó la mano para volver a golpearlo, pero los policías se lo impidieron.
—Señorita Morales, está en una estación de policía, le pedimos que se controle.
Era imposible para ella mantener la calma frente a Thiago. Pidió permiso para sentarse un momento afuera, con la esperanza de recordar con más claridad lo sucedido y encontrar alguna prueba contundente que apuntara a Nadia.
Al salir, Renata tomó varias respiraciones profundas para calmarse un poco antes de llamar a su abogado.
—Si ambas partes cooperan en su versión, y la policía no logra hallar pruebas de que Nadia iba conduciendo, es muy probable que Thiago asuma toda la responsabilidad del accidente. Señorita Morales, le sugiero que se prepare para lo peor.
No. Renata simplemente no podía aceptar eso.
Su madre había muerto atropellada. Ella sabía que la ley no condenaría a muerte al responsable. Ya no buscaba ojo por ojo ni diente por diente; lo único que exigía era que la culpable recibiera el castigo correspondiente y le pidiera perdón a su madre. ¡Y ahora esa mujer estaba evadiendo hasta ese mínimo requisito!
Renata colgó la llamada y, sin poder aguantar más, se echó a llorar.
Se sentía una inútil por no poder conseguir justicia para su madre.
Había sido demasiado ingenua. Había subestimado por completo la maldad del corazón humano.
Las personas podían llegar a ser tan perversas... Nadia, Thiago... ninguno de los dos sentía la más mínima culpa por la muerte de su madre.
Desde adentro de la habitación, Thiago alcanzó a escuchar el llanto de Renata, y sus puños se cerraron poco a poco.



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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...