—¿Acaso no hay miles de lugares para tomar algo y charlar? ¿Tenían que venir justo aquí? —masculló Floriana, apretando los dientes.
En cuanto lo dijo, se dio cuenta de que sonaba a la clásica hipocresía de «haz lo que digo, pero no lo que hago».
—Nosotras venimos porque sabemos controlarnos, ¿pero ellos? —añadió.
—¿Quieren saber si pueden o no? Pongámoslos a prueba y listo —sugirió Tatiana, con una mirada pícara.
Isabella no estaba muy convencida de la idea; sentía que eso solo traería problemas.
—¿Qué pasa? ¿No le tienes fe a tu marido?
—Claro que le tengo fe —respondió Isabella, casi a la defensiva.
—¿Entonces a qué le sacas?
Isabella tosió un poco, sin saber qué más decir. Floriana, por el contrario, era la que menos fe le tenía a Víctor; después de todo, él solía ser bastante reventado en el pasado. Si en los últimos años se había portado bien, era más que nada porque vivían en un lugar tranquilo, alejados de las tentaciones de la gran ciudad.
—Yo jalo.
Aprobó la idea pensando en que, si Víctor metía la pata, sería la excusa perfecta para darle un buen escarmiento.
Renata, al no tener mayor relación con los esposos de sus amigas, prefirió no opinar sobre el peligro que conllevaba ese jueguito.
Tatiana, mujer de acción, fue de inmediato a buscar al gerente del antro.
Las cuatro mujeres se escondieron en una zona oscura del pasillo. Vieron llegar al gerente con un grupo de jóvenes bastante atractivas y provocativas, que entraron de inmediato a la zona VIP de los hombres.
No pasó mucho tiempo antes de que la puerta se abriera de golpe. Víctor salió primero, seguido por Jairo e Ignacio; los tres lucían bastante alterados.
—¡Maldita sea, el gerente nos quiere arruinar la vida! —renegó Víctor nada más salir.
Jairo soltó un bufido.
—Te dije que lo mejor era no pararnos en lugares como este.
Ignacio se frotó la nariz, incómodo.
—Oigan, yo nada más los invité a salir por un trago, de verdad que no planeé este cirquito.
Isabella y Floriana estaban más que satisfechas. Como sus esposos habían sabido mantener la cordura y el respeto, sentían que ellas también debían hacer lo mismo.
—Bueno, vámonos ya —dijo Floriana.
Sin embargo, antes de que pudiera dar un paso, Tatiana se dio media vuelta y caminó furiosa de regreso a su zona VIP.
—Váyanse si quieren. A mí nadie me controla, así que no tengo que rendirle cuentas a nadie —dijo, sirviéndose un buen vaso de alcohol y tomándoselo de un solo trago.
Sabiendo que el último comentario de Ignacio le había dado justo en el orgullo, Isabella intentó calmarla.
—Tati, no le hagas caso. Ya sabes cómo hablan los hombres entre ellos, pero es obvio que sí le importas.
—¡Y fíjate, él también se salió rápido! Si no le importaras, se habría quedado ahí adentro.
—¡No me vengan con cuentos! ¡Él fue el que armó todo el plan de venir! —resopló Tatiana.
—Pues mira qué casualidad, porque nosotras vinimos por idea tuya.
—¡No es lo mismo! —reclamó Tatiana—. ¡Él seguro tenía otras intenciones, pero yo no!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...