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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 1358

No fue hasta el mediodía del tercer día que Fabrizio finalmente llegó.

Había estado trabajando en el extranjero durante los últimos dos años. Aunque no podían verse en persona, él y Renata siempre se mantenían en contacto. Fabrizio no era el tipo de hombre que tuviera decenas de amigos, pero cuando consideraba a alguien un amigo de verdad, lo era para toda la vida. Incluso si pasaban meses sin hablar, nunca había frialdad entre ellos.

—¿Cómo está Gloria? —preguntó Fabrizio, acercándose a paso rápido.

—Sigue en terapia intensiva, pero ha mejorado mucho —se apresuró a decir Renata, para no angustiarlo más.

Fabrizio soltó un largo suspiro.

—Voy a verla.

—Ahorita no es horario de visitas, solo podrás verla a través del cristal.

—Con eso me basta.

Fabrizio había venido directo desde el aeropuerto, trayendo consigo una enorme maleta. Renata le ayudó a guardarla en una habitación vacía y luego lo guio hacia terapia intensiva.

A través del grueso cristal, se podía ver a Gloria en la cama, conectada a varias máquinas. Estaba dormida, ajena por completo a la presencia de Fabrizio.

—¡Ese maldito infeliz! —maldijo Fabrizio entre dientes al ver los evidentes golpes en el rostro de la mujer.

Renata suspiró. Y eso que él aún no había visto el estado del resto de su cuerpo. Si lo viera, seguramente querría matar a Sandro con sus propias manos.

—¿Y la hija de Gloria? —preguntó Fabrizio, acordándose de la pequeña.

Renata negó con la cabeza, sombría.

—Su situación es delicada.

—¿A qué te refieres?

—Soportar durante tanto tiempo el terror psicológico causado por su padre, y ver cómo masacraba a su madre, ha dejado una herida profunda en su mente. Esta última vez fue el límite, sufrió un colapso nervioso.

—¿Dónde está la niña ahora?

—No podía quedarse en el hospital, no dejaba de gritar aterrorizada. Le pedí a una vecina, que es buena amiga de Gloria, que la cuidara unos días. También contacté a un psicólogo infantil. Tendremos que esperar a ver qué dice el especialista.

Fabrizio frunció el ceño.

—No le digas nada de esto a Gloria todavía.

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