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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 1365

Ver a Nadia roja de ira, completamente impotente, llenó a Renata de una inmensa satisfacción.

A partir de ese día, Nadia viviría sofocada por la frustración hasta que pagara con creces todos sus crímenes.

De camino a casa, Renata recibió una llamada de Fabrizio.

—¡Rápido... ven, ayúdame!

Su respiración era pesada, hablaba de forma entrecortada y su tono reflejaba pura desesperación.

—¿Qué te pasa?

—Estoy en mi casa...

Antes de que pudiera terminar, la llamada se cortó abruptamente.

Renata supo que algo terrible estaba sucediendo, así que pisó el acelerador y se dirigió a su casa. La puerta principal estaba cerrada por dentro. Tocó el timbre durante un largo rato sin obtener respuesta e intentó llamarlo varias veces, pero el teléfono mandaba directo al buzón.

Justo cuando la angustia comenzaba a apoderarse de ella, notó una sombra moviéndose a través de una de las ventanas.

¡Había alguien adentro!

Renata comenzó a golpear la puerta con fuerza, incluso intentó empujarla con el hombro. Era imposible que no la escucharan; simplemente no querían abrirle.

—¡Si no abren esta puerta ahora mismo, llamaré a la policía! —gritó a todo pulmón.

Esa amenaza surtió efecto. Una mujer salió a abrir; era la empleada doméstica que llevaba años trabajando ahí. Como Renata se había quedado en esa casa un tiempo, la mujer la reconoció de inmediato.

—Señorita Morales...

La empleada le abrió la puerta, mirándola con una expresión de miedo y duda, como si quisiera advertirle algo pero no se atreviera.

—¿Dónde está Fabrizio?

—El joven Fabrizio está en el segundo piso.

Renata dio un paso firme hacia el interior, pero la empleada la siguió de cerca.

—El señor Carrillo está aquí.

¿El señor Carrillo?

Renata se detuvo en seco. ¿El padre de Fabrizio estaba en la casa?

—¿Qué está pasando?

La mujer, temblando, solo alcanzó a decir:

Había una mujer joven en la cama con él. Al abrirse la puerta, la chica, que había estado pegada al pecho de Fabrizio, se apartó rápidamente y se encogió en una esquina, muerta de miedo.

Esto...

Renata podía deducir lo que estaba pasando, pero la sola idea le parecía tan retorcida que su mente se negaba a aceptarla.

Uno de los guardaespaldas la alcanzó por el brazo, intentando arrastrarla hacia afuera. Renata, con una fuerza que no sabía que tenía, se zafó del agarre y corrió hacia la cama.

—¿Qué te hicieron? —preguntó, tocándole el hombro. Sintió que la piel de Fabrizio ardía como el fuego.

Él, cuya mente ya estaba nublada por los efectos, pareció reaccionar levemente al escuchar su voz. Con mucho esfuerzo, giró el rostro para mirarla.

—Él... me puso... algo... en la bebida...

"Él" no podía ser otro que el hombre de abajo. Su propio padre.

Le habían dado un afrodisíaco.

—Ayúdame...

Renata asintió con firmeza.

—Tranquilo, no te voy a dejar solo.

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