Ver a Nadia roja de ira, completamente impotente, llenó a Renata de una inmensa satisfacción.
A partir de ese día, Nadia viviría sofocada por la frustración hasta que pagara con creces todos sus crímenes.
De camino a casa, Renata recibió una llamada de Fabrizio.
—¡Rápido... ven, ayúdame!
Su respiración era pesada, hablaba de forma entrecortada y su tono reflejaba pura desesperación.
—¿Qué te pasa?
—Estoy en mi casa...
Antes de que pudiera terminar, la llamada se cortó abruptamente.
Renata supo que algo terrible estaba sucediendo, así que pisó el acelerador y se dirigió a su casa. La puerta principal estaba cerrada por dentro. Tocó el timbre durante un largo rato sin obtener respuesta e intentó llamarlo varias veces, pero el teléfono mandaba directo al buzón.
Justo cuando la angustia comenzaba a apoderarse de ella, notó una sombra moviéndose a través de una de las ventanas.
¡Había alguien adentro!
Renata comenzó a golpear la puerta con fuerza, incluso intentó empujarla con el hombro. Era imposible que no la escucharan; simplemente no querían abrirle.
—¡Si no abren esta puerta ahora mismo, llamaré a la policía! —gritó a todo pulmón.
Esa amenaza surtió efecto. Una mujer salió a abrir; era la empleada doméstica que llevaba años trabajando ahí. Como Renata se había quedado en esa casa un tiempo, la mujer la reconoció de inmediato.
—Señorita Morales...
La empleada le abrió la puerta, mirándola con una expresión de miedo y duda, como si quisiera advertirle algo pero no se atreviera.
—¿Dónde está Fabrizio?
—El joven Fabrizio está en el segundo piso.
Renata dio un paso firme hacia el interior, pero la empleada la siguió de cerca.
—El señor Carrillo está aquí.
¿El señor Carrillo?
Renata se detuvo en seco. ¿El padre de Fabrizio estaba en la casa?
—¿Qué está pasando?
La mujer, temblando, solo alcanzó a decir:

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...