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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 1371

Una sonrisa irónica se dibujó en los labios de Renata. No haría falta que ella moviera un dedo; la primera puñalada por la espalda se la daría esa misma mujer a la que él juraba proteger.

Thiago la vio alejarse, y una ira repentina lo dominó. Agarró su vaso y lo estrelló con fuerza contra la mesa.

—Señor Flores... ¿qué hacemos con esto?

El abogado había pasado días redactando esos contratos. Si ella no los firmaba, todo su trabajo se iba a la basura.

—No te preocupes por tus honorarios, te pagaré hasta el último centavo.

Thiago recogió los documentos. Estaba convencido de que le estaba ofreciendo una fortuna tan grande que le sería imposible rechazarla, pero lo hizo sin titubear. Lo había hecho quedar como un completo payaso.

Cuando el abogado se fue, Thiago pidió otro plato de comida y se lo terminó en silencio antes de soltar los cubiertos. No era que tuviera tanta hambre —en prisión lo alimentaban bien—, pero esa comida tenía el sabor inconfundible de la libertad.

Al salir del restaurante, se dirigió directamente al departamento de Nadia.

Sabía que ella estaba grabando, así que su intención no era verla a ella.

Al llegar a las áreas verdes del complejo residencial, los ojos de Thiago se clavaron de inmediato en una pequeña niña que jugaba con una pelota sobre el pasto. Apenas tenía año y medio, ya caminaba, aunque todavía daba pasos torpes.

Con sus piernitas regordetas, corría detrás de la pelota balanceándose de un lado a otro. Cuando por fin logró alcanzarla, su piececito le jugó una mala pasada y terminó pateándola lejos de nuevo.

La pequeña se quedó confundida, de pie con sus manitas en la cintura, mirando la pelota antes de echarse a correr otra vez, llena de entusiasmo.

Esta vez parecía haber aprendido la lección. Cuando estuvo cerca, redujo la velocidad, se dejó caer al suelo y gateó sigilosamente hasta abrazar la pelota con fuerza.

—¡Gugu, tata! —balbuceó la niña, soltando una risa cristalina que le llenó la barbilla de baba.

Era su hija, Bárbara. La reconoció al instante; había dormido abrazado a una foto de ella todos los días durante su encierro.

Sin poder contenerse, Thiago se acercó y estiró los brazos, deseando cargarla.

—¡Oiga, ¿usted quién se cree que es?!

Julia, la niñera, corrió despavorida, agarró a la niña en brazos y retrocedió, fulminando a Thiago con la mirada.

Los ojos de Thiago ya estaban llenos de lágrimas. Volvió el rostro para respirar hondo, tratando de calmarse, antes de mirar a la niñera.

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