Tras colgar el teléfono, Thiago extendió los brazos hacia Bárbara, pero la pequeña, que jamás lo había visto en su vida, empezó a empujarle las manos mientras balbuceaba quejas en señal de protesta.
Sin hacerle caso, Thiago la tomó en brazos. Justo cuando la niña estaba a punto de soltar el llanto, él la lanzó suavemente hacia arriba.
Bárbara se asustó por un segundo, pero cuando entendió el juego, estalló en carcajadas. Le encantó la sensación y con sus manitas empezó a pedirle que lo hiciera de nuevo.
Thiago la lanzó al aire un par de veces más, hasta que tuvo miedo de que se quedara sin aire de tanto reír, así que la abrazó contra su pecho. Se quedó mirándola fijamente: sus cejas, sus ojitos, su naricita, su boca... Todo en ella le parecía un reflejo de sí mismo.
Jugó con ella un buen rato, y la pequeña no tardó en tomarle confianza.
—Bárbara, di papá —le susurraba con ternura.
La niña inclinó la cabeza, mirándolo confundida. Después de procesar la palabra, empezó a mirar hacia los lados buscando a alguien.
—Papá, papá...
—No mires para allá, mi amor, papá está aquí. —Thiago le giró suavemente la carita hacia él.
—Papá, casa.
—Papá no está en casa, papá está justo aquí contigo.
Thiago, sin darle demasiada importancia a las palabras de la niña, la acomodó en sus brazos y le ordenó a Julia que empacara algunas cosas de Bárbara. Iba a llevarla a conocer a sus abuelos.
—Ay, señor... esto...
Sin la autorización expresa de Nadia, Julia no se atrevía a dejar que se llevara a la niña.
Thiago suspiró con frustración.
—Soy su padre, y a partir de ahora yo soy el que paga tu sueldo. ¿A quién le vas a hacer caso si no es a mí?
—¿No prefiere llamarle primero a la mamá?
—Está bien, llámala. Mientras tanto, ve a arreglar las cosas.
Al ver que Thiago sacaba su celular, Julia por fin se sintió tranquila y entró a empacar.
Esta vez, la llamada mandó directo al buzón. Thiago supuso que Nadia estaba en medio de una grabación, así que no le dio importancia. Guardó el teléfono y siguió jugando a la pelota con la niña. Sin embargo, al lanzarla, Bárbara ignoró el juguete y salió corriendo hacia la salida del jardín.
Él fue tras ella, muerto de risa, y la tomó de la mano.
—¡Joven Thiago, la señora ordenó que no lo dejara entrar! —intentó detenerlo la mujer, pero fue inútil.
Al llegar a la entrada, Elena Flores salió a su encuentro.
Al verlo, frunció el ceño con profunda severidad.
—¿Acaso ya olvidaste el ultimátum que tu padre y yo te dimos la última vez que fuimos a visitarte a la cárcel?
Thiago bajó la mirada. Recordaba bien aquella visita: sus padres le dieron a elegir. Le advirtieron que, si insistía en seguir pagando por los crímenes de Nadia, a partir de ese momento dejaría de ser su hijo.
Pero Thiago siempre había creído que el lazo entre padres e hijos era indestructible, así que no se tomó la amenaza en serio y siguió protegiendo a su mujer.
—Mamá, ella es la hija que Nadia me dio. No podía permitir que la madre de mi hija diera a luz en una celda, ¿o sí? —dijo Thiago, levantando a la niña para que su madre la viera.
Pero Elena Flores ni siquiera le dedicó una mirada a la pequeña.
—¡A cualquier cosa que haya parido esa mujer, la familia Flores no la reconoce!
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...