—¡Thiago, cállate!
Al otro lado de la línea, Nadia estaba al borde de la histeria. Evidentemente, nunca imaginó que Thiago se vengaría de esa manera. Apostaba a que él protegería su propia reputación y no se atrevería a delatarla, pues confesar implicaría volver a prisión por encubrimiento. Pero él lo hizo, y de la forma más tajante posible.
Renata se recargó en el sofá y miró el contador de espectadores. Como el chisme estaba en su punto máximo, la audiencia ya superaba las cien mil personas.
—Nadia, pídele disculpas a Renata.
—¡Yo no iba manejando! ¿Por qué debería disculparme?
—Ya veo que no sientes ni un gramo de arrepentimiento.
—¡No he hecho nada malo! ¡Nada!
De pronto, llamaron a la puerta de Thiago. Cuando él abrió, los espectadores lograron distinguir a unos policías uniformados antes de que la transmisión se cortara abruptamente.
Renata contempló la pantalla negra y soltó un largo suspiro.
Tampoco ella esperaba que Thiago optara por ese camino. Había sido un golpe maestro; no le había dado a Nadia ni el más mínimo margen para excusarse.
Las redes sociales estallaron. Las tendencias estaban dominadas por la transmisión de Thiago y el repudio generalizado hacia Nadia. El poder del internet era innegable: poco después, empezaron a circular fotos donde se veía a la policía sacando a Nadia de su casa y subiéndola a una patrulla.
Aunque las imágenes fueron borradas casi de inmediato, muchos ya habían tomado capturas de pantalla, volviéndolas virales.
Renata supo que, con esto, todo por fin terminaba.
Nadia terminaría tras las rejas; la muerte de su madre al fin había sido vengada. Y en cuanto a Thiago, él también pagaría el precio por los errores que había cometido.
Pero en el fondo, ella los seguía odiando. Nunca dejaría de hacerlo.
—Esta noche habrá lluvia de estrellas. Vi que un montón de gente armó carpas en el mirador para verla —comentó Fabrizio, entrando a la casa con dos bolsas llenas de compras.
Habían vuelto a la montaña hacía un par de días. Renata había empezado a escribir su nuevo guion y Fabrizio retomó su vida tranquila lejos del bullicio de la ciudad. Solo que, esta vez, se tenían el uno al otro.
Renata había mencionado que tenía antojo de algo calientito, así que Fabrizio salió a comprar ingredientes de inmediato. Apenas regresó, se metió en la cocina para empezar a preparar la cena.
Renata cerró su laptop y se levantó para ayudarlo.
—¿En serio?
—Mis raíces ya están aquí. No pienso volver.
Renata dejó escapar un suspiro de alivio en secreto.
—¿Y de verdad estás de acuerdo con eso?
A fin de cuentas, él era un científico brillante, y dejar pasar una oportunidad así era una lástima.
—Ya me puse en contacto con un instituto de investigación del país y planeo integrarme a su equipo.
—¡Qué maravilla!
Renata no pudo ocultar su felicidad.
—Eso significa... que no tendremos que separarnos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...