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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 68

La actitud de Gabriel también cambió por completo. Si una eminencia de la arquitectura les daba su opinión, seguro que su propuesta sería aprobada.

—Bella debió habérmelo dicho antes. Yo también habría ido a visitar a la señora Ibáñez.

Otilia, aunque avergonzada, también esperaba que Luna revisara su diseño. Al fin y al cabo, además de ser una gran arquitecta, era la esposa del cliente.

Luna sonrió.

—En un principio había aceptado ayudar a Isabella, pero después de este escándalo, estoy agotada. Así que mejor lo dejamos así.

Dicho esto, se levantó, asintió a Isabella y se marchó del brazo de su esposo.

Los tres se quedaron atónitos, pero entendieron que con su comportamiento habían ofendido irremediablemente a la señora Ibáñez. Y lo peor era el señor Ibáñez; si él se molestaba, la colaboración entre las dos empresas se iría al traste.

—Bella, ve rápido y habla con el señor Ibáñez. ¡Dile que por favor no deje que esto afecte nuestra colaboración! —le urgió Gabriel.

—¡Sí, ve ahora mismo! —la apuró Diana.

—Bella, sé que estás enojada, pero tienes que pensar en el bien común —dijo Otilia con sequedad.

Isabella no sabía si reír o enojarse. ¿Qué clase de cerebro tenían esos tres? ¿Cómo podían decir cosas tan descaradas y esperar que ella las aceptara como si nada?

Hizo girar el vino en su copa. Estuvo a punto de beber para calmar su ira, pero recordó que alguien le había prohibido probar alcohol esa noche.

Aunque él no la estaba viendo, la integridad era lo primero. Se levantó y, bajo el principio de no desperdiciar, le arrojó el contenido de la copa a Gabriel en la cara.

—¡Isabella! —rugió él.

—¿Cómo me llamaste hace rato? —preguntó Isabella, arqueando una ceja.

Gabriel apretó los labios. Era cierto que la había insultado, y de forma muy hiriente.

—«Zorra», ¿no? —Isabella torció la boca—. Te lo devuelvo. A ti te queda mejor.

—Este hotel pertenece a Grupo Crespo.

—¿Eh? —«¿Qué quiere decir?».

—Si tanto te gusta la comida de este hotel, puedes venir a comer todos los días. No es necesario que te atragantes.

El comentario era extrañísimo. Isabella le dio un par de vueltas y creyó entender: «Este hotel es de mi familia, así que puedes venir a comer cuando quieras y así aumentas los ingresos del negocio».

¡Resulta que hasta los presidentes tenían que hacer de vendedores!

—¿Qué haces ahí parada? Bebe la sopa.

Mientras admiraba la habilidad de venta del presidente, Isabella tomó el tazón. En ese momento, vio que Raúl se había acercado por detrás de Jairo y la miraba con incredulidad.

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