En ese momento, una de las empleadas finalmente llamó a la policía.
Al ver esto, Erika jaló a Amelia y le susurró al oído:
—No la grabes más. Si seguimos, capaz y nos acusa de haberla golpeado. La policía no debe tardar en llegar.
—Entendido, Erika —respondió Amelia, y luego murmuró por lo bajo—: Qué tipa tan rara, a esto se le llama tener pésima suerte.
Amelia veía cómo la mujer seguía aferrada a la pierna de Erika. Temiendo que se cansara de estar de pie, acercó una silla para que se sentara.
Erika, ya bastante fastidiada por el alboroto, se sentó a esperar. A un lado, un par de empleadas seguían murmurando chismes entre dientes.
Erika les lanzó una mirada fría y advirtió:
—Si no quieren que ponga una queja y pierdan su trabajo, mejor cierren la boca.
Al escuchar eso, las mujeres se callaron de inmediato.
Unos minutos después, dos oficiales entraron al local. Tras interrogar brevemente a las empleadas para entender la situación, miraron a Erika y luego se dirigieron a la mujer en el suelo:
—¿Cómo se llama? Suéltela y levántese de una vez.
La mujer no respondió ni movió un solo músculo.
Una empleada se apresuró a recoger la cartera del suelo y se la entregó a uno de los oficiales. Este sacó la identificación, miró a la mujer para comparar la foto y dijo:
—Lidia Coria, ¿verdad? Acabamos de hablar con las empleadas. Los artículos que intentó robar tienen un valor de veintiséis mil pesos. Va a tener que acompañarnos.
Fue entonces cuando Lidia finalmente abrió la boca. Soltó una mano, señaló a Erika y gritó:
—¡Oficial, fue ella! ¡Ella me obligó a robar!
Erika intervino de inmediato:
—Oficial, yo ni siquiera la conozco...
Acto seguido, Erika procedió a relatar todo lo que acababa de suceder.
Tras escucharla, el oficial se volvió hacia las empleadas. Una de ellas intervino:
—Ambas son clientas. Una dice que se conocen y la otra dice que no. Nosotras no sabemos quién dice la verdad, no podemos ser testigos de eso.

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