Erika se frotó las sienes, mirándola con total incredulidad.
—A ver, señora, ¿usted tiene algún problema mental o qué?
Lidia sacudió las manos apresuradamente para defenderse.
—No me malentienda, no estoy loca, soy una persona completamente normal —sus ojos reflejaban urgencia y sinceridad, mientras sus manos estrujaban el borde de su ropa de forma inconsciente—: Mi intención original era que me ayudara a pagar la mascada, a cambio, le contaría algo muy importante. Pero cuando escuché a las empleadas decir que usted era la mujer operada, me dio miedo seguir hablando.
Lidia apretó los labios y, con una mirada suplicante, continuó:
—Si no me ayudaba, ellas no me iban a dejar en paz, así que... no me quedó de otra que echarle la culpa. Si está dispuesta a sacarme de aquí, le contaré todo lo que sé.
Tras escucharla, Erika frunció el ceño, sin suavizar su expresión:
—Lleva un buen rato hablando y, ¿de qué se trata todo esto? Ni siquiera la conozco, ¿qué información podría tener usted que me interese tanto? Además, la atraparon robando, ¿quién le va a creer una sola palabra? Señora, mejor quédese sentada y espere a que los oficiales decidan qué hacer con usted.
Dicho esto, Erika giró el cuerpo hacia el otro lado, negándose a seguir prestándole atención.
Segundos después, la voz de Lidia volvió a sonar a sus espaldas:
—¿Conoce a Sofía? Una enfermera de cuidados maternos.
Al escuchar ese nombre, Erika se quedó paralizada por un instante. Valerio había contratado especialmente a esa tal Sofía para que la atendiera durante su embarazo. ¿Qué problema podría haber con ella?
—¿Qué quiere decir? —preguntó Erika, dándose la vuelta para mirarla de nuevo.
Lidia esbozó una leve sonrisa.
—Es un secreto gigantesco, por supuesto. Pero primero tiene que sacarme de aquí.


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