Valerio no respondió. Simplemente la tomó de la mano y comenzó a caminar hacia la salida.
—Te llevo a casa.
Menos mal que, intranquilo por el torbellino emocional que suponía aquella reunión familiar, había llamado a Leonardo para preguntar cómo iban las cosas. Fue entonces cuando se enteró de que todos habían salido corriendo tras Yolanda, dejando a Erika completamente sola en la casa.
Ni siquiera recordaba cuántos semáforos en rojo se había pasado para llegar lo más rápido posible.
La noche de otoño ya se sentía fría. Las manos de Erika estaban heladas. Mientras él la sujetaba con firmeza, ella intentaba zafarse en vano.
Valerio no tenía la más mínima intención de soltarla. Al llegar al auto, abrió la puerta del copiloto, prácticamente la subió en brazos, le abrochó el cinturón de seguridad y solo entonces rodeó el vehículo para sentarse al volante.
Erika parecía haberse quedado sin fuerzas para luchar. Se quedó inmóvil, mirando con ojos vacíos la residencia de la familia Romero.
Al salir de la zona residencial, Erika bajó la ventanilla y apoyó la cabeza cerca del marco para que el viento golpeara su rostro.
Valerio, pensando que la brisa otoñal era demasiado fría, subió el cristal. Sin decir palabra, Erika presionó el botón y lo volvió a bajar.
Tras repetir esa guerra silenciosa un par de veces, Valerio finalmente soltó un suspiro de resignación.
Desvió el auto hacia la avenida que bordeaba el río de la ciudad y, unos minutos después, estacionó a un lado del camino.
Se bajó, le abrió la puerta a Erika y preguntó en tono suave:
—¿Quieres sentarte aquí un rato?
Erika sintió la suave brisa acariciar su rostro. Tras una breve pausa, bajó del auto en silencio.
Valerio abrió la cajuela, sacó una chamarra que tenía de repuesto y se la colocó suavemente sobre los hombros.
Al ver que ella simplemente miraba el agua oscura del río sin decir una sola palabra, él sacó un cigarrillo y se apartó un poco para no molestarla con el humo.
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