Esta vez, fue Valerio quien se quedó sin palabras.
Su mirada profunda recorrió el rostro de Erika por un instante antes de perderse en la oscuridad del horizonte. Con semblante sombrío, encendió otro cigarrillo y comenzó a fumar.
Erika dibujó una media sonrisa en sus labios, con un toque de ironía:
—¿Vas a pedir de vuelta la Villa Luna Blanca? ¿Y los regalos de lujo que enviaste para la inauguración, también los quieres de regreso? Ah, y todos los gastos menores que has cubierto, ¿te los pago? Aunque, para ser sincera, no tengo ganas de devolverte nada. Antes fui demasiado estúpida, nunca le di importancia al dinero. Pero ahora me he dado cuenta de algo: las personas te pueden fallar en cualquier momento, pero el dinero... el dinero es lo único que nunca te traiciona.
Dicho esto, Erika se quitó la chamarra que él le había puesto sobre los hombros y la dejó colgada en el barandal.
—Mi casa no está lejos de aquí. Me iré caminando. Adiós.
Apenas dio el primer paso, Valerio, con el cigarrillo aún en los labios, la sujetó del brazo.
—Sube al auto. Te llevaré a casa, no es seguro caminar por aquí sola.
De inmediato apagó el cigarrillo, abrió la puerta y, con un empujón firme pero sin lastimarla, la metió al auto.
Durante todo el trayecto de regreso, ninguno de los dos pronunció una sola palabra.
...
Al día siguiente, al mediodía.
Erika acababa de terminar sus pendientes y se sentó en su silla de oficina. En ese momento, Amelia entró apresurada y le mostró su teléfono:
—Erika, fíjate qué quieres comer hoy, yo pido la comida.
Mientras Erika revisaba las opciones, alguien llamó a la puerta. Sin apartar la vista de la pantalla, respondió:
—Adelante.
—¡Eri! —Una voz cálida y familiar la hizo levantar la vista de inmediato.
Eran Liliana y Leonardo. Su hermano llevaba un par de recipientes térmicos en las manos.
Erika se levantó de un salto, sorprendida.
—¡Mamá, Leo! ¿Qué hacen aquí?


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