A Regina Serrano ya no le importaba cómo la miraran; dio un paso firme con la intención de irrumpir en la habitación de Federico Núñez.
Sin embargo, la guardaespaldas le bloqueó el paso extendiendo el brazo y le dijo con voz grave:
—Señorita Serrano, lo siento, pero no puede ir a ningún lado.
Regina apretó los dientes.
—Voy a buscar a Federico. Ya dije que quiero verlo.
Se sentía fatal, tanto que ya no le importaba mantener su fachada de persona dulce; la expresión en su rostro rozaba lo grotesco.
La guardaespaldas permaneció inmutable, bloqueándole el camino.
—El señor Núñez dejó instrucciones claras: no tiene permitido salir de esta habitación. Si se siente mal, podemos llevarla al hospital. ¿Quiere ir al hospital ahora?
Regina respiró hondo y se mordió el labio con fuerza.
—No voy a ir.
No podía creerlo. No creía que Federico tuviera el corazón tan duro. Habían estado juntos tres años, y en ese tiempo, sin importar lo que ella hiciera, Federico siempre le seguía la corriente. Se negaba a aceptar que él pudiera verla sufrir y quedarse tan indiferente.
La mujer de seguridad no mostró ninguna emoción, solo hizo un gesto indicándole que retrocediera.
—Dado que la señorita Serrano no desea ir al hospital, le pido que regrese a su habitación.
Regina, con muy mala cara, clavó la mirada en la mujer que tenía enfrente y amenazó:
—Por tratarme así, te juro que no te la vas a acabar.
La guardaespaldas no se inmutó ante la amenaza de Regina. Simplemente señaló la cámara corporal que llevaba en el hombro.
—Todas mis acciones están siendo grabadas. Si la señorita Serrano considera que he tenido algún comportamiento inapropiado, puede presentar una queja con mi superior, el señor Núñez.
La expresión de Regina cambió ligeramente. Miró la cámara en el hombro de la mujer, apretó la mandíbula y no tuvo más remedio que dar media vuelta y volver a su cuarto.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Traición en Vísperas de la Boda
Me gustaría saber cuántos capítulos faltan y cuando los publicará...