Si bien sus músculos no parecían los de un fisicoculturista exagerado, poseía un torso atlético, delgado pero sumamente definido.
¿Y Jimena tenía el descaro de preguntarle si había algo que valiera la pena ver?
A Federico casi le da un infarto del coraje, pero se vio obligado a controlarse y tragar saliva.
—¿Por qué dice cosas que ni usted misma se cree, señorita Calvo?
Jimena arqueó la ceja al oírlo.
—Veo que el señor Núñez no me conoce en lo absoluto. A mí no se me da andarle mintiendo a la gente.
—Pero ya que tantas ganas tiene de que le diga la verdad, se lo digo con mucho gusto.
Mientras hablaba, Jimena extendió la mano lentamente hacia él.
Con sus delgados y elegantes dedos, tomó el borde de la camisa del hombre y la apartó un poco más hacia los lados.
Los pectorales tonificados de Federico quedaron totalmente expuestos frente a los ojos de la mujer.
Federico clavó su mirada en ella, con el corazón a mil por hora.
Entonces vio cómo Jimena esbozaba una sonrisa de lado, lo miraba directamente a los ojos y, sin el menor rastro de pudor, dejaba caer la sentencia:
—Con este nivel... me queda claro que todavía le falta echarle ganas al gimnasio.
Federico se quedó completamente mudo.
La indignación le hervía en la sangre, pero no podía reclamar.
Sin agregar más, ella apartó la mano, se levantó de su asiento y habló con voz plana.
—¿Que no quería ir a comer, señor Núñez? Ya vámonos, la mesa ya está reservada.
Y con paso firme, se encaminó hacia la salida de la oficina.
Federico se mordió el labio y se quedó quieto en su lugar.
Al llegar a la puerta, Jimena echó un vistazo atrás al ver que no la seguía.
—¿Ya se le quitó el hambre al señor Núñez?
Él rechinó los dientes y trotó para alcanzarla.
—¡Por supuesto que quiero comer!
Rara vez se presentaba la oportunidad de estar a solas con ella, no pensaba echarla a perder nomás porque le diera en el orgullo.
Además, era un hecho que lo que acaba de decirle era pura mentira.
Solo quería picarle la cresta para alejarlo.
Federico se arregló un poco más el cuello y aprovechó para abrocharse los puños de las mangas.
—Por recordarme que me vistiera.
Ella ya no se molestó en contestar.
Las puertas metálicas se abrieron.
Jimena fue la primera en dar el paso y él entró justo detrás de ella.
No había nadie más en el elevador.
En cuanto se cerraron las puertas, la sonrisa triunfal de Federico resurgió.
—Acéptelo de una vez, señorita Calvo. La verdad es que usted todavía se preocupa mucho por mí, ¿a poco no?
Jimena alzó la mirada al techo, suspiró y le dedicó una ojeada llena de incredulidad.
—Usted peca de egocéntrico, señor Núñez.
—Nomás le avisé porque no tengo ganas de lidiar mañana con chismes aquí en la sucursal.
—Si el señor Núñez sale de mi oficina con la camisa toda desabrochada, obviamente la gente va a ponerse a pensar idioteces.
—Simplemente estaba cuidando las apariencias.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Traición en Vísperas de la Boda
No es gratis!!!...
Frederico junto com Regina no leilão novamente? Eu realmente não quero que a Jimena fique com o Frederico. Que homem mais ou menos!...
Esse professor Vicuña, é um velho sem nenhuma decência; por mais que o casamento fosse um contrato existia uma esposa! Irritada com esse velho nojento....
Nossa! Estou lendo com um nó na garganta. Quanta coisa Jimena está aguentando, e que homem horrível é esse Frederico… peguei ranço dele!...
Não entendo porque Jimena está tão benevolente com Regina. Espero sinceramente que essa Regina tenha um fim ruim…...
Garrada num ódio dessa Regina… quero que Jimena esmague ela com a ponta do sapato....
Me gustaría saber cuántos capítulos faltan y cuando los publicará...