Cornelio frunció el ceño con fuerza y apartó la vista con disgusto.
«No es él».
Luego, con dificultad, giró el cuello y, al volver la cabeza, se encontró de repente con Aldana.
La séptima.
Su pequeña séptima.
*Jadeo*.
La emoción hizo que el corazón del hombre se acelerara y su respiración se volviera entrecortada.
—Tranquilo.
Aldana sacó inmediatamente un frasco de su bolso y le inyectó el contenido.
Pronto, Cornelio se calmó, pero sus ojos permanecieron fijos en Aldana.
Desde ese ángulo de la cama, la cámara de vigilancia no podía captar sus microexpresiones faciales.
Mientras la miraba, las lágrimas comenzaron a rodar lentamente por sus mejillas.
Al ver esto, Aldana sintió como si algo le diera un fuerte golpe en el corazón.
«¿Por qué llora? ¿Le habré hecho daño?», pensó.
Rogelio también bajó la mirada, observando atentamente al hombre. La forma en que miraba a Aldi era muy extraña.
—Te estás recuperando bien.
Después de examinarlo, Aldana llegó a una conclusión.
—Esta vez te cambiaré la medicación. En unos dos meses deberías estar completamente recuperado. Pero no puedes emocionarte demasiado, podría afectar tu cuerpo.
Cornelio la miraba fijamente, buscando una oportunidad para darle una señal.
«¿Quieres decirme algo?», se dio cuenta Aldana, y articuló la pregunta con los labios.
El hombre parpadeó.
«Sí».
*Crash*.
A la joven se le resbaló de la mano el frasco de medicina, que cayó al suelo, y la habitación se llenó al instante de un denso humo.
El humo bloqueó la vista de la cámara, y Aldana se inclinó hacia Cornelio, frunciendo el ceño con perplejidad.
—¿Quién eres? ¿Qué quieres decirme?
Al darse cuenta de que no podía hablar, Aldana abrió la palma de su mano y se la acercó.
Cornelio temblaba por completo, moviendo desesperadamente su dedo para escribir en la palma de Aldana.
»Siga con su trabajo, doctora. Si necesita algo, no dude en pedirlo —dijo el mayordomo antes de retirarse.
Pero esta vez no se fue, sino que se quedó con sus hombres vigilando la puerta, con la mirada fija en el interior.
—Recoge las cosas, nos vamos —ordenó Aldana.
—Mmm.
Rogelio reaccionó y apartó la vista del rostro de Cornelio.
«Extraño. ¿Por qué este hombre me resulta tan familiar?», pensó.
—Nos vamos.
Al salir, Aldana miró de reojo a Cornelio y vio que todavía la estaba mirando, con los ojos llenos de lágrimas.
El dolor en su corazón pareció intensificarse. Se preguntó si no sería por el aire viciado del sótano, que nunca veía la luz del día. Cada vez que venía aquí, su corazón se sentía oprimido.
***
La puerta de la habitación se cerró.
Aldana avanzó y llegó a la habitación que recordaba. Sabía que allí se alojaba la esposa del hombre. Si pudiera fotografiar su rostro, podría investigar su identidad al regresar.
¡La verdad saldría a la luz!

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