«¡¿De qué maldita manera puedo sacarlo de mi cabeza?!»
En ese momento.
El tono del teléfono sonó de nuevo. Era el Maestro Urías del Submundo.
—Sombrita, tu maestro ya llegó a la capital. ¿Qué esperas para venir a recibirme?
—¿Ah? —Sombra se rascó el cabello despeinado—. ¿En dónde estás ahora?
El Maestro Urías era el cuarto al mando en el Submundo. A pesar de no ser muy mayor, tenía una posición bastante alta. Era el mentor tanto de ella como de Alda.
—Salón X —gritó el Maestro Urías a todo pulmón—. Acabo de llamar a Aldi, pero me contestó su hombre.
Se escuchó un resoplido indignado al otro lado de la línea.
—¡Apenas dije: Aldi, ¿aún te acuerdas de tu hermano?, ese viejo zorro me colgó!
Al recordar eso, el Maestro Urías estuvo a punto de estrellar el teléfono contra la pared.
—Y para colmo, me bloqueó.
No le respondían los mensajes, y las llamadas no entraban.
No tuvo más remedio.
Solo le quedó contactar a Sombra.
—Voy para allá —dijo Sombra, levantándose de la cama para ir a lavarse la cara a toda prisa—. Pero tienes que acompañarme a beber.
—Hecho.
Era raro que el Maestro Urías saliera del Submundo, así que naturalmente quería divertirse.
—Ven, tu maestro te acompañará a tomar.
—Espérame.
Tras colgar, Sombra se arregló un poco al azar y condujo el deportivo rojo que Leonardo le había regalado en dirección al Salón X.
«¿Qué importa si es hombre o no? ¡A esta vida se viene a disfrutar! ¡A divertirse se ha dicho!»
***
Salón X.
Al llegar al lugar, Sombra encontró al Maestro Urías en un área reservada de la esquina.
—¡Cuatro! —gritó Sombra a todo pulmón al verlo.
—¡No grites!
El Maestro Urías la jaló hacia él con brusquedad, frunciendo el ceño.
—Tu primer maestro me envió a hacer cosas importantes. Si se entera de que vine aquí a relajarme, me romperá las piernas.
—Sí, sí, sí.
Sombra tomó asiento, agarró una botella de la mesa y empezó a beber.
En poco tiempo.
Ya se había terminado dos botellas.
El Maestro Urías se quedó atónito.
***
Mientras tanto.
En una sala privada del Salón X.
Tras una semana de reposo, Leonardo Valencia, ya casi recuperado, estaba sentado en el sofá escuchando a su representante y al productor discutir los próximos proyectos.
Bajó la mirada hacia su teléfono y abrió los mensajes de Sombra.
Toda una semana.
Ella no le había enviado ni un solo mensaje.
«Qué malagradecida».
Leonardo frunció el ceño y escribió en el chat: [Paga lo que debes].
Lo pensó un momento.
Le dio a enviar e inmediatamente dejó el teléfono a un lado, fingiendo indiferencia mientras esperaba la respuesta.
Sombra seguramente explotaría de coraje al leer eso.
Pero esperó mucho tiempo y no escuchó ninguna notificación.
Tomó el celular para revisar.
El mensaje no se había enviado.
¡Esa infeliz de Sombra lo había eliminado de sus contactos!

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