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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1302

Leonardo golpeó el teléfono contra la mesa con tanta fuerza que el estruendo hizo sobresaltar al productor.

—Leonardo, ¿hay algo que no le parezca bien? —preguntó el productor, temblando de miedo al pensar que las cláusulas del contrato no eran de su agrado.

Había intentado agendarlo durante más de medio año. Sería un desastre si lo hacía enojar ahora.

—No es nada. —Al darse cuenta de su arrebato, Leonardo se frotó el puente de la nariz y se puso de pie—. Sigan hablando ustedes, voy a salir a fumar.

—¿Estás bien? —El representante le miró la pierna; aunque ya podía caminar, aún debía tener cuidado.

—Estoy bien —aseguró Leonardo.

La medicina casera que Aldi le había preparado era extremadamente efectiva.

Y con eso, cerró la puerta.

Leonardo se puso una gorra y un cubrebocas, y caminó hacia la zona de fumadores cerca de los baños.

Al llegar a la esquina, una silueta familiar captó su atención.

¿Sombra?

Leonardo se burló de sí mismo; no era la primera vez que alucinaba con ella por extrañarla tanto.

Cerró los ojos, dispuesto a seguir caminando.

Pero al abrirlos de nuevo...

La «alucinación» seguía ahí, tambaleándose y a punto de entrar al baño de mujeres.

Leonardo se quedó sin palabras.

Aceleró el paso, se acercó a Sombra y la agarró del brazo.

Sombra tropezó por el tirón, cayendo directamente contra su pecho, golpeándose la frente.

—¿Quién demonios eres? —Sombra se frotó la frente, levantó la mirada y, de forma inesperada, se topó con un rostro muy familiar.

¿Eh?

Se quedó parpadeando un par de segundos, se acercó por inercia, le dio unas palmaditas en la mejilla y soltó una risita boba.

—Oye, hermano, te pareces mucho a Leonardo, ese chico mantenido.

—¡Tal vez deberías fijarte mejor, porque quizás sí lo sea!

Al percibir el fuerte olor a alcohol en su aliento, Leonardo frunció el ceño, y su voz sonó fría y cortante.

Sombra parpadeó de nuevo. Su vista comenzó a aclararse y sus ojos se abrieron de par en par.

—¡Ah! —exclamó levemente e intentó darse la vuelta para huir.

¡Pum!

En su desesperación, chocó contra un mesero que pasaba por ahí, derramándose todas las bebidas encima.

—¡Lo siento, lo siento mucho! —se disculpó el mesero, aterrorizado.

—No pasa nada, no te preocupes. —Sombra agitó la mano, se miró la ropa empapada y frunció el ceño—. Puedes irte.

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