—Sombra.
Tras un largo silencio en el interior del auto, la voz de Leonardo rompió la tensión.
—Aún no has respondido a mi pregunta.
—¿Eh? —Sombra lo miró confundida—. ¿Qué pregunta?
—¡Por qué me estás evitando!
Sombra apretó el volante por inercia y tragó saliva, nerviosa.
No podía simplemente decirle que se había interesado en él y temía perder el control y lanzarse sobre él.
¡¿Y terminar denunciada a la policía, tras las rejas?!
—No te estoy evitando —Sombra forzó una sonrisa, haciéndose la desentendida—. Últimamente he estado muy ocupada con negocios, por eso no he tenido tiempo de ir a verte. Lo siento mucho, Leonardo.
—¡Sí lo hiciste! —afirmó Leonardo, con voz firme y segura—. ¡Incluso me eliminaste de tus contactos!
—¿Ah, sí? —Sombra siguió actuando, sacando su teléfono para abrir la aplicación—. Seguro fue un accidente. Cuánto lo siento.
—¿Me estás diciendo que, por accidente, abriste tus contactos, por accidente buscaste mi nombre, y finalmente, por accidente, presionaste el botón de eliminar?
Sombra se quedó sin palabras.
—Vuelve a agregarme. —Leonardo le extendió su propio teléfono—. Mi pierna aún no está completamente sana. Si me quedan secuelas en el futuro, ¿no crees que deberías hacerte responsable?
Tenía un punto válido, no podía argumentar en contra.
—Está bien.
Sombra no tuvo más opción que obedecer y volver a agregarlo a sus contactos.
El auto volvió a sumirse en el silencio.
Poco después, el deportivo rojo se detuvo.
Leonardo bajó del auto, sus ojos brillaron con picardía y de pronto dejó escapar un quejido de dolor:
—¡Ssss!
—¿Qué te pasa? —Sombra, creyendo que su pierna le dolía, corrió de inmediato hacia él con evidente preocupación—. ¿Estás bien?
—Me duele un poco la pierna —Leonardo aprovechó la oportunidad, frunciendo el ceño—. No puedo caminar, ayúdame.

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