Sombra bajó la mirada y se dio cuenta de que estaba sentada justo en el regazo de Leonardo.
Eh...
Entonces, lo que acababa de aplastar era...
Al darse cuenta, Sombra se apartó de inmediato, disculpándose nerviosa:
—Perdón, perdón, ¿te lastimé?
—¡No te muevas! —Leonardo dejó escapar un gruñido ahogado. Con su mano grande, sujetó a Sombra para evitar que se moviera, mientras su garganta emitía un sonido bajo y áspero.
El cuerpo de Sombra se tensó al instante. Miró el atractivo rostro de Leonardo, que estaba fruncido por la incomodidad, y en sus ojos se reflejó culpa y confusión.
—Ese hombre, ¿en qué puesto estaba en tu lista? —Leonardo se recargó en el sofá, sosteniendo la cintura de Sombra con una mano. Sus ojos oscuros y profundos estaban clavados en su rostro—. No parecía la gran cosa. ¿Qué le viste?
—¿De qué puesto hablas? —Sombra estaba totalmente desconcertada y forcejeó un poco—. El hombre que mencionaste, ¿es... el Maestro Urías?
—¿Maestro? —Leonardo entrecerró los ojos.
—Sí —Sombra asintió, siendo sincera—. Él es maestro mío y de Alda en el Submundo. Es el cuarto al mando.
—¿No es tu amante?
La tensión de Leonardo se disipó un poco y una casi imperceptible sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios.
—¡¿Amante?! —Sombra sintió que estaba escuchando locuras. Empujó el hombro de Leonardo, intentando zafarse—. Estás demente.
Apenas logró alejarse un poco, él volvió a jalarla.
Ella explotó de frustración:
—Leonardo, ¿qué diablos quieres?
—Además de él, ¿cuántos amantes más tienes? —Leonardo la sujetó firmemente por la cintura, y un toque de ira asomó en su voz.
—¡¿A ti qué te importa?! —Sombra no entendía por qué estaba actuando como un lunático e intentó liberarse con todas sus fuerzas—. Si no me sueltas ahora, ¡no me haré responsable de lo que pase!
Si no fuera porque él estaba herido, ya lo habría pateado lejos de ahí.
—¡Claro que me importa! —Leonardo la sujetó con todas sus fuerzas, sus ojos se inyectaron de rojo, luciendo melancólico e impotente—. Porque tú...
—¿Yo qué?

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