—¿Modificación genética? ¡Ja, eso es imposible que se haga realidad!
La profesora Solís torció la comisura de los labios, con una sonrisa cargada de tristeza.
—Aquellos que investigan la modificación genética con malas intenciones nunca terminan bien. Por ejemplo, yo.
Dicho esto, sacó un pendrive de su bolsillo y se lo entregó a Aldana.
—Aquí hay un video. Era una cámara oculta que puse para observar los cambios en el proceso de modificación de mi hija. Ahí se puede ver todo con claridad.
Aldana lo tomó y se lo pasó a Eliseo y a Cornelio Espinosa.
Cornelio lo conectó a la computadora y, pronto, el video completo apareció en la gran pantalla.
Desde el ángulo de la cámara, no solo se veían las acciones de la profesora Solís, sino también las siluetas de dos niñas.
Aldana estaba acostada en la cama del hospital, con una vía intravenosa en el brazo. Si se miraba de cerca, el tubo ni siquiera tenía una aguja.
Debajo de la cama, había un pequeño estante. Allí yacía una niña de la misma edad que Aldana. Tenía una aguja insertada en el brazo y la sangre fluía por los tubos.
Debido a la forma en que la profesora Solís había preparado todo, la cámara del laboratorio apuntaba a la pantalla de la computadora. Desde ese ángulo, era muy fácil pensar que Aldana era quien recibía la modificación.
Finalmente, la verdad salió a la luz. Los presentes estaban tan conmocionados que se quedaron sin palabras.
Entonces...
¿Aldana no era un monstruo modificado genéticamente? ¿Había nacido siendo así de brillante?
¡Dios mío! ¿Acaso esto era real?
—Si la tecnología de modificación genética de verdad estaba avanzada, lo que usted hizo va en contra de toda ética humana. —Un periodista apuntó a la profesora Solís—. Al hacer eso, ¿cómo se atreve a llamarse doctora?

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