—Si tú le dices que se vaya, él dejará de ir al gimnasio.
Las palabras de Doña Elvia sonaban desesperadas y sinceras. Sus ojos estaban rojos. Gilda, aunque distante, podía entender la preocupación de una madre.
Pero pedirle a Héctor que se fuera significaba...
Que ya nadie le prepararía el desayuno, ni la comida, ni la cena.
Nadie estaría revoloteando a su alrededor cuando estuviera aburrida.
Y cuando se le antojara un buen café, ya no tendría a quién pedírselo.
Solo Héctor sabía prepararlo exactamente como a ella le gustaba.
Qué peligrosa es la costumbre.
En solo seis meses, la vida de Héctor se había entrelazado por completo con la de ella.
¿Quién sería la chica que le gustaba tanto como para rebajarse a ser su "asistente personal" durante medio año?
—Señorita Gilda, ¿hay algún problema? —preguntó Doña Elvia al ver que fruncía el ceño.
—Ninguno.
Gilda negó con la cabeza.
—Mañana le diré que no vuelva al gimnasio.
—Te lo agradezco muchísimo. —Doña Elvia le sirvió un poco más de té y sonrió aliviada—. Eres una excelente persona, señorita Gilda.
El hombre que lograra casarse con ella se ganaría la lotería.
***
Al terminar la plática.
Gilda no fue a casa, sino que regresó al gimnasio. Se sentía increíblemente irritada.
Abrió un cajón y sacó una cajetilla de cigarrillos finos que no tocaba desde hacía mucho tiempo.
Encendió uno, sosteniéndolo entre los dedos.
Luego se sentó en la mecedora de la terraza, mirando el cielo nocturno, exhalando el humo con un humor de perros.
***
Al día siguiente.
Héctor se levantó tempranísimo y apareció frente a Gilda con el desayuno en mano.
—Entrenadora Gilda, te preparé arroz caldoso con camarones.
Mientras hablaba, se aseguró de mostrar bien su mano izquierda, que estaba vendada como si fuera una pata de jamón.
Gilda lo miró de reojo y frunció ligeramente el ceño.
—Héctor.
Unos minutos después.
Con la tarjeta en la mano, salió caminando a grandes zancadas.
En el pasillo, se cruzó con Dalia. La tomó del brazo y la jaló a un rincón.
—Tengo que preguntarte algo.
—Yo no sé nada. —Dalia negó con la cabeza, asustada. Solo era una empleada, ¡no la metieran en sus dramas!
—¿Ya se te olvidó que te regalé una laptop? —murmuró Héctor con tono amenazante—. Y los vuelos que te pagué... y toda la comida que cociné para Gilda y de la que tú también comiste...
—¡Ya, ya, pregunta! ¡Te lo diré! —Dalia se arrepintió en el alma, deseando darse dos bofetadas. Quien recibe regalos, queda atado; quien come de lo ajeno, queda callado.
—¿Por qué Gilda me corrió de repente? —preguntó sin rodeos.
—Bueno...
Dalia resumió rápidamente lo que había pasado con la visita de su madre.
—Y, básicamente, eso fue todo.
¿Hacer que se alejara de la chica que le gusta?
Héctor frunció el ceño, petrificado.
¿Acaso su madre había descubierto que estaba enamorado de Gilda?

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