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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1669

—Si tú le dices que se vaya, él dejará de ir al gimnasio.

Las palabras de Doña Elvia sonaban desesperadas y sinceras. Sus ojos estaban rojos. Gilda, aunque distante, podía entender la preocupación de una madre.

Pero pedirle a Héctor que se fuera significaba...

Que ya nadie le prepararía el desayuno, ni la comida, ni la cena.

Nadie estaría revoloteando a su alrededor cuando estuviera aburrida.

Y cuando se le antojara un buen café, ya no tendría a quién pedírselo.

Solo Héctor sabía prepararlo exactamente como a ella le gustaba.

Qué peligrosa es la costumbre.

En solo seis meses, la vida de Héctor se había entrelazado por completo con la de ella.

¿Quién sería la chica que le gustaba tanto como para rebajarse a ser su "asistente personal" durante medio año?

—Señorita Gilda, ¿hay algún problema? —preguntó Doña Elvia al ver que fruncía el ceño.

—Ninguno.

Gilda negó con la cabeza.

—Mañana le diré que no vuelva al gimnasio.

—Te lo agradezco muchísimo. —Doña Elvia le sirvió un poco más de té y sonrió aliviada—. Eres una excelente persona, señorita Gilda.

El hombre que lograra casarse con ella se ganaría la lotería.

***

Al terminar la plática.

Gilda no fue a casa, sino que regresó al gimnasio. Se sentía increíblemente irritada.

Abrió un cajón y sacó una cajetilla de cigarrillos finos que no tocaba desde hacía mucho tiempo.

Encendió uno, sosteniéndolo entre los dedos.

Luego se sentó en la mecedora de la terraza, mirando el cielo nocturno, exhalando el humo con un humor de perros.

***

Al día siguiente.

Héctor se levantó tempranísimo y apareció frente a Gilda con el desayuno en mano.

—Entrenadora Gilda, te preparé arroz caldoso con camarones.

Mientras hablaba, se aseguró de mostrar bien su mano izquierda, que estaba vendada como si fuera una pata de jamón.

Gilda lo miró de reojo y frunció ligeramente el ceño.

—Héctor.

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