Lógicamente, una cara como esa ya debería ser famosa en la capital. ¿Cómo es que nadie había oído hablar de ella?
—Escuché que estudió unos días en el Instituto de la Capital y la expulsaron —una voz discordante interrumpió los halagos—. Mi prima está en el Instituto de la Capital. Ayer, cuando oí su nombre, le pregunté para confirmarlo.
—Se salta clases, se pelea, sus calificaciones son pésimas y su reputación, también. En fin… es un caso.
—¿Una estudiante problemática? ¿Es en serio? —alguien exclamó con la boca abierta, bastante sorprendido—. Si es así, ¿cómo pudo la directora Andrea ponerla en nuestro grupo? ¿Y si afecta a Elena?
Elena Altuno era la primera estudiante en la historia del Instituto Altamira en entrar en el top cincuenta de todo el estado. Si lograba entrar en una universidad de renombre, el prestigio del Instituto Altamira aumentaría y quizás habría una oportunidad para evitar el cierre de la escuela.
Al oír esto, Elena, que estaba concentrada resolviendo un problema, levantó la vista un momento para mirar a la chica que estaba al frente. Tenía una expresión indiferente y un aire rebelde; no parecía alguien con quien fuera fácil meterse.
Su apariencia, su reputación y su pasado no le incumbían. Pero si causaba problemas que mancharan el nombre del Instituto Altamira o afectaban sus estudios, no sería tan amable.
—Eres alta, ¿no tienes problema con sentarte en la última fila? —el profesor señaló la parte de atrás del salón y preguntó en voz baja.
—Está bien —Aldana echó un vistazo y, cargando su mochila, se sentó en el único asiento vacío de la última fila.
—Oye, nueva —apenas se sentó, Galileo se cruzó de brazos y le habló en un tono poco amistoso—: Si vienes al Instituto Altamira, más te vale portarte bien. No vengas a distraernos, ¿entendiste?
Fue entonces cuando Aldana notó que había alguien a su lado. Giró la cabeza con pereza y vio su boleta de calificaciones.
47, 60, 43, 40, 40, 30.
Suma total de las seis materias: 250.
Aldana se quedó sin palabras. Con esas calificaciones, ¿aún había margen para empeorar?
—¿Qué miras? —al ver que la chica lo observaba, el corazón de Galileo dio un vuelco. Guardó la boleta en el cajón de su pupitre, con las mejillas algo acaloradas—. Grábatelo bien, si te atreves a hacer alguna tontería y perjudicas a Elena en su camino a la gloria, yo…
«Qué ruidoso», pensó Aldana.
Sin ganas de prestarle atención, se levantó para tirar algo a la basura, moviendo su silla en el proceso.
—¡Ah! —Galileo, tomado por sorpresa, se cayó de sentón.

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