—¿Aún me amas?
Rogelio tenía el cubrebocas puesto, pero sus ojos inyectados en sangre denotaban un rojo aterrador.
Al bajar la mirada, Aldana se dio cuenta de que aún llevaba puestas las pantuflas de estar en casa. Seguramente había salido corriendo desesperado.
Decir que estaba apurado era poco; ni siquiera se había cambiado los zapatos.
Pero, por otro lado, sí había tenido el tiempo para recordar la advertencia de su abuela: «No se vean antes de la boda, eso garantizará una vida entera de amor».
Por eso se había puesto un cubrebocas.
Ella llevaba una máscara, él un cubrebocas...
Si no podían verse las caras por completo, entonces no contaba como haberse visto, ¿verdad?
Exacto.
No contaba.
—Claro que sí.
Al verlo tan patético y vulnerable, Aldana respondió con sinceridad.
Luego, al reparar en su aspecto desaliñado, soltó una carcajada: —¡Pfft!
—¿De qué te ríes?
Rogelio estaba tan resentido que casi lloraba. Esa risa terminó de destrozar sus defensas.
¿Había buscado a otro a sus espaldas, la habían atrapado con las manos en la masa y, encima, se burlaba de él?
—¿No puedo reírme?
Aldana entrecerró los ojos. Su sonrisa resplandeciente la hacía lucir increíblemente adorable.
Rogelio lo pensó un momento y escupió un frustrado: —Sí puedes.
Qué más daba.
Le había dicho que lo amaba, lo demás ya no importaba.
—Vámonos a casa.
Rogelio soltó un largo suspiro, reprimiendo toda su ira, y tomó a Aldana de la mano.
Mientras siguiera a su lado, le perdonaría cualquier error del pasado.
Vaya.
La cara de Rogelio era un poema; parecía un perrito lastimado.
Aldana le apretó la mano y se justificó:
—Solo compré su cuerpo.
La expresión de Rogelio se ensombreció aún más.
¿Era una explicación o un intento de matarlo de un infarto para dejarle el camino libre al niñato?
—Señorita, por favor, no diga esas cosas —suplicó el modelo, pegándose a la pared por el terror.
La mirada de ese hombre ya lo había descuartizado mil veces.
Si Aldana seguía hablando, él no saldría vivo de ahí.
—Sí los vi.
Aldana lo admitió sin rodeos, frunciendo el ceño.
—Pero no tienen mejor cuerpo que tú, ni son más guapos.
—Ah, ya veo.
Las comisuras de los labios de Rogelio se curvaron en una sonrisa. Su enojo había desaparecido por completo, derritiéndose ante sus palabras. La observó a través del cubrebocas.
—Sombra ya se fue. Te llevaré a casa.
—Puedo regresar sola.
Aldana negó con la cabeza y le rodeó el cuello con los brazos.
—Si tu madre nos ve juntos, no parará de regañarnos.
—Está bien.
Rogelio asintió y, a través de la tela de su mascarilla, besó la máscara de ella.
—Entonces pórtate bien y espérame en casa. Mañana iré por ti.
Aldana murmuró en voz baja:
—Veremos si logras sacarme de ahí.
Hoy había escuchado que su familia y amigos habían preparado todo tipo de obstáculos para impedirle el paso al novio.
Básicamente, iban a tratar a Rogelio como al peor de los enemigos.

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