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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1627

Mansión Espinosa.

Aldana regresó a su habitación a escondidas, pero se topó de frente con Lourdes.

—¿Dónde andabas perdiendo el tiempo? —Lourdes le bloqueó el paso y alzó la barbilla—. Hace un rato vi a Leonardo arrastrando a Sombra hacia adentro; tenía una cara de pocos amigos.

—Fuimos a un club a ver modelos y nos atraparon con las manos en la masa. —Aldana se frotó la nariz, sintiéndose culpable—. Sombra estará bien, ¿verdad?

Lourdes esbozó una sonrisa cargada de doble sentido:

—Yo no apostaría por ello.

Aldana no habló.

¿Eso contaba como cavar su propia tumba?

***

En la habitación de arriba.

Leonardo arrinconó a Sombra contra la cabecera de la cama. Ella intentaba encogerse contra la esquina.

—Igual que a ustedes los hombres les gusta ver mujeres bailando, nosotras solo cometimos el error que cualquier mujer cometería.

—Sigue hablando.

Leonardo se arrancó la camisa. Los botones salieron disparados por la habitación, haciendo que el corazón de Sombra se encogiera de terror.

—Aldana estaba muy tensa por la boda. ¡Lo hice para que se relajara un poco!

Al ver al hombre acercarse paso a paso, Sombra se tragó el miedo y balbuceó:

—Además, ¡ellos se quitaron la ropa solitos!

—La próxima vez, yo...

—¿Habrá una próxima vez? —La mirada de Leonardo se volvió de hielo. La tomó por su delicado tobillo y la jaló hacia su pecho.

—¡No, claro que no!

Sombra estaba genuinamente asustada. La mirada de Leonardo era aterradora. Sabiendo lo que le convenía, le rodeó el cuello con los brazos y recurrió a su mejor arma: los mimos.

—Amor, me equivoqué.

Normalmente, frente a los demás, Sombra lo llamaba por su nombre.

En privado, le encantaba molestarlo llamándolo "chico mantenido".

Era parte del juego entre los dos.

Pero jamás lo había llamado "Amor", y mucho menos con ese tono tan dulce y sumiso.

Leonardo disfrutó el gesto, pero preguntó a propósito:

—¿En qué te equivocaste?

—No debí mirar a otros modelos. —Su arrepentimiento parecía muy sincero—. El rostro y el cuerpo de mi esposo son diez mil veces mejores que los de ellos. A partir de ahora, solo miraré a mi esposo.

—Qué boca tan dulce tienes. —Leonardo se inclinó y le mordió el labio con suavidad, pero con firmeza.

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