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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1628

—Ups.

Sombra parpadeó y, recordando lo que había pasado la noche anterior, se ruborizó mientras se defendía:

—¡Era una broma! Aunque Aldana aceptara, su viejo zorro jamás lo permitiría.

Leonardo sonrió con resignación y tomó la mano de su esposa.

Aldana abrió los ojos perezosamente y vio su reflejo radiante en el espejo.

Aunque el maquillaje era intenso para resaltar sus rasgos, lucía increíblemente fresco y natural.

El peinado era elegante y recogido. En lo alto de su cabeza brillaba La Horquilla del Fénix, forjada en oro puro. Sus borlas se balanceaban con cada movimiento, otorgándole un aire majestuoso y lleno de vida.

Se decía que esa reliquia había pasado de la suegra de la suegra de Doña Marcela hasta sus manos.

Luego se la entregó a Brunilda, y ahora Brunilda se la pasaba a Aldana.

En resumen: la joya más importante de la familia.

—Srta. Carrillo, ¿hay algo que le gustaría retocar? —preguntó la maquillista con profundo respeto.

—Está perfecto. —Aldana, que no solía maquillarse, solo sabía distinguir si se veía bien o mal—. Gracias.

—De nada. —La maquillista se sonrojó—. Es que usted tiene un rostro impecable. No necesité usar corrector ni base pesada, fue facilísimo trabajar con su piel.

Para otras personas, el maquillaje era como cambiar de cara; para ella, era simplemente añadirle un poco de color a una obra de arte.

Antes del maquillaje, ya era hermosa.

Después del maquillaje, era una belleza deslumbrante.

—Probemos el vestido de novia —sugirió Sania, pidiendo que trajeran el perchero.

El vestido de novia era de un impecable color blanco marfil, con un corte que se ajustaba perfectamente a su figura, adornado con pequeños zafiros azules.

Los encajes con delicados patrones florales eran vívidos y elegantes.

La tela abrazaba la estrecha cintura de la chica y la falda se abría en un majestuoso abanico.

Sentada en la cama, parecía una pintura perfeccionada por los dioses. Su belleza era tan irreal que cortaba la respiración.

—Hermosa.

Lourdes la miraba con ojos soñadores y se inclinó hacia ella.

—Deja que te dé un beso.

—¡Ni se te ocurra!

Gilda la jaló hacia atrás con una expresión muy severa.

—¡Acaban de terminar de maquillarla, no vayas a arruinarlo!

—Está bien, está bien.

Lourdes miró la hora. Faltaban tres horas para que la familia Lucero llegara a buscar a la novia.

—Toc, toc.

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