...
Héctor estaba de espaldas, así que Gilda no podía ver la expresión de su rostro.
Pero la chica frente a él sonreía de oreja a oreja, con los ojos entrecerrados por la alegría.
Era evidente que estaba encantada.
Gilda frunció los labios, dejó de mirarlos y caminó directamente hacia el salón privado de al lado.
Apenas dio un paso lejos, la sonrisa de Alondra Valeriano se congeló.
Miró a Héctor incrédula, y preguntó llena de confusión:
—Héctor, ¿qué quieres decir?
¿A qué se refería con que se estaba alegrando demasiado pronto?
—¿Te gusto? —Héctor se sentó frente a ella y fue directo al grano.
—¿Eh?
Alondra no esperaba que él fuera tan directo; su rostro enrojeció al instante y bajó la mirada con timidez:
—Si no me gustaras, no habría aceptado la cita que organizaron nuestras familias.
Aunque casi no habían pasado tiempo juntos, se conocían desde pequeños.
Y ella siempre lo había observado en secreto.
—Qué lástima —Héctor levantó la mirada, tratando de mantener un tono neutro—. Porque a mí no me gustas.
La sonrisa de Alondra desapareció por completo y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Te lo digo en serio, no me gustas —dijo Héctor, con paciencia—. Las cosas a la fuerza no funcionan. Si de verdad nos casáramos, nunca serías feliz.
»Como no te amo, no te tocaría y tendrías que dormir en una cama vacía.
»Con el tiempo, te llenarías de celos, pelearías conmigo, me armarías escándalos y te convertirías en una loca celosa...
—¿Y tú cómo sabes que reaccionaría así? —Alondra apretó los dientes y lo cuestionó.
—¿Acaso no es así como pasa en las telenovelas? —Héctor se encogió de hombros con una sonrisa perezosa—. No quiero hacerte perder el tiempo y tampoco quiero que me lo hagas perder a mí.
»Acepté venir hoy solo para dejarte las cosas claras. No desperdicies tu juventud conmigo.
»¿Tienes algo más que decir?
Héctor se quedó mirando a Alondra. Al ver que ella no respondía, se puso de pie:
—Si no hay nada más, me retiro.
—¡Héctor!

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