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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1678

—¿Qué?

Héctor se puso de pie de un salto, con la voz temblando al preguntar:

—¿Gilda está interesada en otro hombre? ¿Qué hombre?

—La sigues a todos lados todos los días, ¿y no lo sabes? —Rogelio suspiró y continuó con voz ronca—. De verdad que tengo al hermano menor más inútil del mundo.

No lograr ningún avance después de perseguirla por medio año ya era lamentable.

Pero no saber ni siquiera quién estaba intentando robarle a la mujer que amaba...

Idiota.

—Aldana dice que es un tipo al que salvó hace algunos años —dijo Rogelio en voz baja.

—¿Máximo Solórzano?

Los nervios de Héctor se tensaron al máximo y murmuró entre dientes:

—¿Cómo podría gustarle a Gilda? ¿Ella misma se lo admitió?

—Tampoco llegó a tanto —Rogelio enarcó una ceja y respondió de forma relajada—: Pero Aldana dice que se nota.

—Ah, entonces no hay problema.

Los labios de Héctor se curvaron en una ligera mueca mientras murmuraba para sí mismo:

—Mi cuñada tiene la misma sensibilidad para el amor que una piedra. ¿Cómo va a poder adivinar a quién quiere Gilda?

—¿Qué dijiste de tu cuñada? —Rogelio se masajeó el puente de la nariz y echó un vistazo a la sala.

La chica seguía jugando videojuegos, con las piernas cruzadas y la actitud más despreocupada del mundo.

Al mirarla, una sonrisa se dibujó en los labios de Rogelio.

Héctor no estaba del todo equivocado.

—El tipo va con todo, y Gilda no tiene experiencia en el amor. Si él logra conquistarla, se acabó el juego para ti.

Rogelio le dio un consejo amistoso:

—¿Ya le declaraste tus sentimientos?

—Todavía no —Héctor arrugó la nariz—. Me daba miedo parecer muy apresurado y que ella me empezara a odiar.

Pero visto lo visto, definitivamente era momento de confesarle la verdad.

Rogelio:

—Date prisa.

—Hermano... —Héctor apretó los labios y, con voz rasposa, le rogó—: Si Aldana no está de acuerdo y trata de darme una paliza, por favor, detenla.

Después de todo...

Él era su cuñado de sangre, pero Aldana daba miedo.

—Je.

Rogelio soltó una risa seca.

—Primero preocúpate de que la señorita Gilda no te dé una paliza a ti.

Héctor guardó silencio.

***

Al otro extremo de la ciudad.

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