—No me imaginaba que en este lugar se dedicaran a espantar a los clientes —dijo Alondra, también poniéndose de pie. Agarró su bolso de diseñador y miró a Gilda con superioridad—. Si esa es su actitud, ¿para qué tienen un negocio? Mejor cierren las puertas de una vez.
—Está bien.
Gilda se detuvo en seco, giró lentamente y la enfrentó:
—¿No dijiste que le pusiera precio? Bueno, transfiéreme cinco millones de pesos para empezar y luego hablamos.
¿Cinco millones?
¿Acaso las paredes de su estudio estaban bañadas en oro?
¡Qué descaro para cobrar precios ridículos!
Al ver la expresión de asombro en su rostro, Gilda esbozó una media sonrisa:
—Ya lo ves, resulta que sí hay cosas en este mundo que tu dinero no puede comprar.
—Tú...
Alondra se quedó sin palabras, golpeó el suelo con su tacón y exclamó furiosa:
—¡Cobrando precios absurdos! ¿No te da miedo que te reporte a las autoridades?
—Ah —Gilda no buscaba problemas, pero tampoco les temía, y su tono se mantuvo completamente calmado desde el principio—: Adelante, hazlo.
Alondra se quedó congelada en el lugar, muda de la rabia, y solo pudo verla alejarse mientras se tragaba su frustración.
Alrededor había otros clientes esperando información, además de los empleados del estudio.
Todos la miraban con extrañeza.
Cualquiera con sentido común podía notar que ella solo había ido a armar un escándalo.
Alondra tomó su bolso y salió a zancadas.
—Está loca.
Dalia, que había presenciado todo, corrió hacia Gilda quejándose con molestia:
—De verdad, deberían clasificar esa actitud de niña fresa como una enfermedad mental.
—Se creen dueños del universo solo porque sus familias tienen algo de dinero.
Los empleados ya tenían suficientes problemas en el trabajo como para lidiar con clientes tan insoportables y vacíos.
—Aunque... —Dalia frunció el ceño y miró a Gilda—: Gilda, ¿no te dio la impresión de que lo hizo a propósito?
—No importa si fue a propósito o no —Gilda le entregó los documentos a Dalia, restándole total importancia al asunto—. Si vuelve a aparecer, sácala del local de inmediato.
—Entendido.
Dalia asintió, pero luego añadió:
—Por cierto, Gilda, el cuñado... digo, el joven Héctor me pidió que te avisara que fueras afuera un momento. Dice que la cajuela de su auto no se puede abrir.
—¿?
Gilda estaba confundida, pero aun así caminó hacia el estacionamiento y encontró a Héctor.

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