—¡Alda!
Galileo casi se muere del coraje. ¿Cómo era posible que, en un momento así, ella estuviera comentando con los internautas sobre su propio «retrato de funeral»?
—¿Mmm?
Aldana apartó la vista de la pantalla y miró a un Galileo al borde del colapso. Con calma, dijo:
—¿Así que en internet dicen que mi relación con Leonardo no es inocente?
—Sí.
Galileo asintió enérgicamente.
—Aldana, no hagas caso a las tonterías que dicen en internet —intervinieron Elena y Tania de inmediato, furiosas—. La gente en la red es una víbora.
—Es verdad, Aldana —añadió Tania para consolarla en voz baja—. Confiamos en ti, no dejes que te afecte.
—Pues no se equivocan del todo.
Los ojos de Aldana se posaron en Leonardo. Se cruzó de brazos y, con una voz clara y perezosa, anunció:
—Mi relación con él no es para nada inocente.
Galileo, que estaba bebiendo agua, la escupió toda al escuchar las palabras de su amiga.
—¿Qué acabas de decir, Aldana? —Elena y Tania se quedaron paralizadas del susto.
¿Que su relación con Leonardo Valencia no era inocente?
Pero ¿acaso Aldana no estaba con el señor Lucero?
¿Será que había cambiado de opinión?
No, no tenía sentido.
—Leonardo es mi hermano mayor —Aldana parpadeó y bajó la voz, hablando sin prisa—. Sí, de la misma mamá.
—¡Ah!
—¡Ah!
—¡Ah!
Tan pronto como terminó de hablar, tres gritos resonaron desde el público, haciendo que los estudiantes de alrededor voltearan a verlos, asustados.
— —
Debido a la «repentina» llegada de Leonardo, la fiesta se prolongó dos horas más.
Casi al final, Leonardo tomó el micrófono y, con una mirada tierna hacia el público, su voz grave y melodiosa resonó:
—Quiero dedicar la siguiente canción a la chica más importante de mi vida.
Al terminar de hablar, una música dulce y melodiosa comenzó a sonar.
—Una vez escuché a Alda mencionar que tenía tres hermanos y tres hermanas —susurró Elena, tapándose la boca—. Estos son solo dos de ellos, y ya son increíbles. Faltan cuatro, seguro que tampoco son cualquier cosa.
Galileo se secó el sudor de la frente:
—¿La falsa heredera?
Tania tragó saliva:
—¡La verdadera patrona!
¡No manches! Era toda una heredera de la alta sociedad.
¿Qué otras sorpresas les guardaba Alda?
—Si no dejan de verme...
Aldana estaba tratando de escuchar a Leonardo cantar, pero con seis ojos clavados en ella, le era imposible concentrarse. De repente, espetó:
—... les voy a sacar los ojos, ¿entendieron?
Los tres ya no hablaron.
Apartaron la mirada en silencio hacia el escenario.
Unos segundos después, volvieron a echarle un vistazo a escondidas.
Con una figura como ella, las bendiciones para el Instituto Altamira apenas comenzaban.

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