—Hecho.
Aldana colgó y su teléfono vibró de inmediato.
Al revisarlo, vio que era un mensaje de la abuela Marcela.
Marcela: [Mi pequeña curandera, ¡cuánto tiempo!]
Una sonrisa se dibujó en los labios de Aldana.
Aldana: [Cuánto tiempo. ¿Cómo sigue el abuelo Ignacio?]
Marcela: [¡Está muy, muy bien! Es solo que el medicamento que le diste casi se acaba y quería comprarte un poco más.]
Esa chica era muy bondadosa. La última vez se fue a escondidas después de dejar la medicina. Se sentía en deuda por no haberle pagado.
Aldana: [La preparación del medicamento tomará algo de tiempo, unos diez días.]
Marcela: [¡Perfecto, perfecto! En diez días es mi fiesta de cumpleaños. ¿Me haría el honor la pequeña curandera de venir a casa a tomar algo?]
¿Fiesta de cumpleaños?
¡Cuánta gente cumpliendo años! Aldana estaba a punto de negarse cuando Marcela envió otro mensaje.
Marcela: [Salvaste la vida de mi viejo y, además, le diste la medicina sin cobrar nada. Si no aceptas dinero, al menos déjanos invitarte a comer para agradecerte como es debido. Si no, no podré dormir por las noches. Y si sigo así, a lo mejor estiro la pata de repente.]
Uhm, Aldana sonrió con resignación. ¿Quién se deseaba la muerte a sí misma de esa manera?
Tras pensarlo un poco, respondió.
Aldana: [Está bien, se lo llevaré ese día.]
Al fin y al cabo, era solo una comida. No le quitaría mucho tiempo.
Marcela: [¡Genial, genial! ¡Te espero, mi pequeña curandera!]
Aldana: [Ahí estaré.]
Terminó la conversación.
Aldana abrió la página del taller Atenea para consultar el progreso.
Pronto, el personal le envió una imagen.
[Jefa, los materiales para la joyería ya están listos. ¿Cuándo empezará a trabajar?]
Aldana: [En estos días.]
Después de responder, guardó el teléfono en su bolso y se desplomó en el asiento con una expresión de total resignación, contemplando las luces de la ciudad por la ventana.
De repente, un pensamiento la invadió: estaba cansada.
Quería jubilarse. Quería volver al campo a criar cerdos y cultivar cilantro.

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