Lázaro Guzmán se le quedó viendo fijamente. Parecía querer decirle algo, movió los labios, pero al final no pronunció palabra.
Ella pasó su mirada rápidamente sobre él y salió de la sala con pasos ligeros; sus tacones apenas hacían ruido contra el piso.
Al subirse al auto, don Bruno le preguntó a dónde iba, y ella le dio la dirección de un centro comercial que estaba muy cerca del hotel.
Cuando llegaron, abrió la puerta y, antes de cerrarla, le dijo:
—Don Bruno, váyase a casa. Probablemente me tarde un buen rato.
—No se preocupe, aquí la espero en el coche —respondió el chofer, dejando claro que no tenía prisa.
Magdalena sintió un pequeño dolor de cabeza ante tanta dedicación. Obviamente no podía caminar tranquilamente hacia el hotel bajo su mirada.
Después de pensarlo un momento, no tuvo más remedio que entrar a la plaza, preguntarle a un empleado por la puerta trasera y, desde ahí, salir directo hacia el hotel.
Al llegar a la habitación, levantó la mano para tocar, pero se dio cuenta de que la puerta estaba entreabierta, así que simplemente entró.
Renato Jiménez estaba parado frente a la ventana hablando por teléfono. Las cortinas estaban abiertas, dejando ver las deslumbrantes luces de la ciudad de noche.
Al escuchar sus pasos, Renato volteó, la miró de reojo y luego volvió a su llamada. Estaba hablando en francés, algo que Magdalena no entendía, así que se sentó en el sillón a leer notas de chismes en su celular.
Un rato después, una sombra la cubrió. Levantó la vista y vio a Renato mirándola fijamente desde arriba. Su mirada era tan profunda y helada que sintió un escalofrío.
¿Qué mosca le había picado?
Aunque no entendía nada, tampoco se atrevió a preguntar, así que dijo:
—Me voy a bañar.
Apenas se levantó, Renato se le echó encima de pronto. Su frente chocó contra el firme pecho del hombre y ella volvió a caer sentada en el sillón.
Magdalena se sobó la frente, mirándolo desconcertada. Él, con sus dedos largos y firmes, le agarró la barbilla:
—¿Acaso la Corporación Sarmiento se va a la quiebra?
Ella se sorprendió:
—¿Qué?



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