Bianca era una mujer sumamente atractiva, especialmente cuando iba maquillada, desprendiendo un aura aún más seductora. Todo lo que llevaba puesto, o usaba, era de diseñador. Así que solo había dos palabras capaces de describirla: espectacular y deslumbrante.
Cualquier hombre sobre la faz de la tierra se habría vuelto loco por una mujer así, pero para su desgracia, en este mundo había dos hombres que no le prestaban la más mínima atención.
Uno era Renato Jiménez, en cuya cama ella había intentado meterse mediante todo tipo de tácticas y engaños, fracasando rotundamente. Y el otro era justamente el hombre sentado a su lado.
Lejos de dejarse engañar por las excusas baratas y fingidas que le ofrecía, las cejas de Lázaro se juntaron con irritación:
—¿A qué hora llega tu mánager a recogerte?
—Tuvo un contratiempo y se retrasó en el camino.
Bianca notó casualmente que la mano de Lázaro estaba desnuda de cualquier anillo, y el atrevimiento echó raíces en su corazón. Con una sonrisa coqueta y un tono burlón, preguntó:
—Los rumores dicen que el presidente Guzmán ama a su esposa más que a nada en el mundo, y que durante todos estos años de matrimonio jamás ha estado involucrado en un solo escándalo. ¿Será que el gran líder le tiene pavor a su mujer, o tal vez...?
Con un movimiento sugerente, se inclinó ligeramente hacia él, logrando que el amplio escote en V de su vestido hiciera de las suyas, dejando asomar la voluptuosa curvatura de su pecho y ofreciendo un panorama generoso.
Pero antes de que sus dedos lograran siquiera rozarlo, Lázaro la sujetó por la muñeca con una fuerza tan destructiva que amenazaba con quebrarle los huesos. Sus oscuras pupilas parecían cubiertas por una capa de hielo milenario:
—¡Si vuelves a intentar algo así, cambiaré a la embajadora de la marca Yasmín!
Al ver sus intenciones pisoteadas con tanta crueldad, el rostro de Bianca palideció y enrojeció de manera intermitente, ahogada por la vergüenza y el orgullo herido.
Después de todos sus años sobreviviendo en la industria del entretenimiento y logrando coronarse como una actriz de renombre, Bianca obviamente dominaba a la perfección el arte de cambiar de actitud cuando el viento no soplaba a su favor.
Hizo girar los ojos un segundo y volvió a esbozar una sonrisa cautivadora:
—Parece que lo que todos dicen es cierto. El señor Guzmán no solo es exitoso en los negocios, sino que también le es fiel e incondicional a su esposa. La señora Guzmán es verdaderamente afortunada.
Sin que se notara mucho, le lanzó una nueva mirada rápida a las manos de él. Estaban pulcras, pero confirmaban sus sospechas: ciertamente no llevaba puesto un anillo.

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