Lázaro fue el primero en romper el hielo:
—Magda, ¿me buscabas hace un momento?
Al escuchar su voz, Magdalena ya no sintió el viejo y sordo dolor, y su estado de ánimo era mucho más tranquilo.
—¿Qué está pasando entre tú y Bianca Silva?
El tono sereno no sonaba exactamente como un interrogatorio, pero él podía percibir perfectamente su enfado.
Lázaro se quedó desconcertado por un instante:
—¿De qué hablas?
—Los vi en la televisión a los dos. Lo presencié todo.
Ella cerró los ojos y trató de calmar la rabia en su interior.
Aunque sus sentimientos por él se estaban disipando con el tiempo, seguía siendo el marido de su hermana. Si llegara a hacer algo que lastimara a Fátima, ella tenía todo el derecho de exigirle cuentas.
Sobre todo tratándose de Bianca Silva, que tenía un historial infinito de enredos con muchos hombres. El caso más obvio era el de Adrián Salinas.
Lázaro captó la sutil decepción tras el tono frío de sus palabras. Pero lejos de enojarse, dejó escapar una suave sonrisa.
—Bianca es la embajadora de los nuevos productos. La llevé conmigo a la ceremonia de donación caritativa únicamente para ayudar a construirle una mejor imagen pública.
Sobre el río envuelto en niebla, un barco avanzaba lentamente, y de vez en cuando se dejaba escuchar el sonido de su sirena en la lejanía.
Ella se apartó un mechón de cabello que el viento le había alborotado y habló con sarcasmo:
—Al elegir a alguien como ella, ¿no te da miedo de que arruine todo tu esfuerzo?
Observando las luces de neón a través de la ventana del auto, Lázaro se imaginó la expresión de total desprecio que debía tener ella en el rostro en ese preciso instante.
—Magda, parece que tienes unos prejuicios inmensos contra ella.

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