Lázaro fue el primero en romper el hielo:
—Magda, ¿me buscabas hace un momento?
Al escuchar su voz, Magdalena ya no sintió el viejo y sordo dolor, y su estado de ánimo era mucho más tranquilo.
—¿Qué está pasando entre tú y Bianca Silva?
El tono sereno no sonaba exactamente como un interrogatorio, pero él podía percibir perfectamente su enfado.
Lázaro se quedó desconcertado por un instante:
—¿De qué hablas?
—Los vi en la televisión a los dos. Lo presencié todo.
Ella cerró los ojos y trató de calmar la rabia en su interior.
Aunque sus sentimientos por él se estaban disipando con el tiempo, seguía siendo el marido de su hermana. Si llegara a hacer algo que lastimara a Fátima, ella tenía todo el derecho de exigirle cuentas.
Sobre todo tratándose de Bianca Silva, que tenía un historial infinito de enredos con muchos hombres. El caso más obvio era el de Adrián Salinas.
Lázaro captó la sutil decepción tras el tono frío de sus palabras. Pero lejos de enojarse, dejó escapar una suave sonrisa.
—Bianca es la embajadora de los nuevos productos. La llevé conmigo a la ceremonia de donación caritativa únicamente para ayudar a construirle una mejor imagen pública.
Sobre el río envuelto en niebla, un barco avanzaba lentamente, y de vez en cuando se dejaba escuchar el sonido de su sirena en la lejanía.
Ella se apartó un mechón de cabello que el viento le había alborotado y habló con sarcasmo:
—Al elegir a alguien como ella, ¿no te da miedo de que arruine todo tu esfuerzo?
Observando las luces de neón a través de la ventana del auto, Lázaro se imaginó la expresión de total desprecio que debía tener ella en el rostro en ese preciso instante.
—Magda, parece que tienes unos prejuicios inmensos contra ella.
Se cambió los zapatos y se acercó al sofá. La mujer yacía sobre los cojines, rendida al sueño. Tenía el oscuro cabello deslizado hacia un costado; el amplio cuello de su blusa se había corrido un poco, revelando un tirante oscuro y dejando sus delicadas clavículas expuestas, que lucían suaves y radiantes bajo la luz.
Dormía de lado, apoyando la mejilla sobre uno de sus brazos. Su expresión plácida y dormida se asemejaba a la de un gatito manso, silenciosa y en paz.
Con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, él se paró frente al sofá. Su alta figura proyectó una sombra que bloqueó la luz que daba directamente sobre el rostro de Magdalena.
Ella dormía profundamente. Él permaneció inmóvil observándola durante varios minutos, pero ella no dio ni la más mínima señal de despertar.
Su intensa mirada comenzó a viajar por el rostro de Magdalena, partiendo desde sus hermosas cejas hacia el puente perfecto de su nariz, y luego bajó hacia sus jugosos labios. De repente, el fantasma del recuerdo de aquella suavidad cruzó por su mente. Su nuez subió y bajó por instinto mientras un calor impulsivo y primitivo comenzaba a recorrerle la sangre.
En su trayecto de regreso, no había parado de darle vueltas a la cabeza; la mayor parte de esos pensamientos habían estado anclados al terrible incidente de esa misma tarde en la obra.
Esta mujer, sin siquiera intentarlo y sin mover un dedo, tenía el extraño poder de desatar con facilidad emociones en él que jamás había podido controlar.
Continuó observando el rostro apacible de la joven dormida; bajo la quietud de sus propios ojos, latía una turbulenta y enigmática emoción.
*¿No regresó a su habitación porque lo estaba esperando a él?*

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