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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 29

Sentía una amargura insoportable en el pecho. Quizás en este mundo había muchos hombres llamados Lázaro Guzmán, pero el Lázaro que ella conoció cuando tenía cinco años ya no le pertenecía.

Y ella ya no tenía el derecho de señalarlo con el dedo, como hacía en su adolescencia, para decirle en tono amenazante: «Lázaro Guzmán, si vuelves a aceptar regalos de otras chicas, no te volveré a hablar nunca».

Aunque sabía perfectamente que eran las chicas quienes metían los regalos a escondidas en su mochila, no podía evitar sentirse celosa.

Por supuesto, siempre terminaba comiéndose los chocolates y los dulces.

Y mientras los devoraba, se quejaba de las chicas, diciendo que eran feas, que no valían la pena.

Le decía que no debía perder la cabeza por tonterías y que mejor se concentrara en los estudios.

La frase «perder la cabeza por tonterías» la había aprendido de su abuela.

En ese entonces apenas tenía diez años y no comprendía del todo el significado, pero la usaba porque le parecía que sonaba muy adulta.

Todos los días, de camino a casa, revisaba la mochila de Lázaro para buscar dulces. Siempre encontraba los chocolates que a ella le encantaban.

Al terminar de comerlos, se lamía los labios, inflaba las mejillas y le reclamaba furiosa:

—¿Por qué hay otra chica regalándote chocolates? ¿No tienen vergüenza?

Y cada vez que se enojaba, le lanzaba su propia mochila como «castigo», obligándolo a cargarla por ella.

Lázaro siempre rodaba los ojos, pero se colgaba la mochila sin chistar.

—Ni siquiera me los comí. Te los di todos a ti, ¿no?

Ella pisaba el suelo con fuerza y respondía llena de orgullo:

—¡Si te atreves a comerte algo de lo que te dan, jamás te volveré a hablar!

Esos chocolates no eran de una marca fina. Eran chocolates oscuros de la tiendita de la esquina, de esos que no tenían nombre pero que venían en una envoltura muy peculiar y difícil de encontrar en la ciudad.

Años después, cuando se reencontraron en una esquina de Valle Niebla, él sacó de su bolsillo un chocolate exactamente igual.

Solo entonces comprendió que esos dulces de la infancia nunca fueron regalos de otras chicas. Lázaro ahorraba el poco dinero que tenía para comprárselos porque sabía cuánto le gustaban.

En aquella época aún vivían en Villa del Sauce. Él todavía no era el rico heredero de la familia Guzmán y ella no había regresado a la familia Sarmiento. La vida no era fácil.

Pero, aun así, él estaba dispuesto a gastar todo lo que tenía para hacerla feliz.

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