Olga, con sus años de experiencia, entró detrás de ellos. Al ver el estado de Magdalena, comprendió de inmediato lo que sucedía.
—Son náuseas del embarazo, es algo normal.
Los vómitos fueron intensos. El rostro de Magdalena quedó pálido como una hoja de papel. Cuando finalmente terminó y se enjuagó la boca, Olga le pasó una toalla. Se secó y salió del baño tambaleándose.
Renato la sostuvo por los hombros al notar lo débil que estaba.
—Quizás deberíamos ir al hospital para que te revisen.
—Ir al hospital no servirá de nada —intervino Olga—. A todas las mujeres embarazadas les pasa. En un tiempo, se le pasará.
Magdalena ya no toleraba ni siquiera el olor de la comida. Apenas intentó sentarse de nuevo, su estómago se revolvió y volvió a salir corriendo hacia el baño.
Renato miró la mesa llena de comida y ordenó:
—Recoge todo esto. Prepara algo más ligero y suave.
Olga titubeó un poco.
—Pero usted casi no ha comido, señor.
A Renato se le había quitado el apetito. Comió un par de bocados y Olga retiró todos los platos.
Poco después, Magdalena regresó del baño. Su hermoso rostro seguía completamente blanco. Renato le sirvió un vaso de agua tibia y, rodeándola con el brazo, la sentó en el sofá.
—¿Te sientes muy mal?
Magdalena se apoyó contra su pecho sosteniendo el vaso. Desde que vivían juntos, él casi no fumaba, así que, salvo un fresco aroma a menta, su ropa no olía a tabaco.
Aspiró profundamente ese aroma en su camisa y sintió un inmenso alivio en el estómago.
—Ahora entiendo que ser madre no es nada fácil.
Recordó a Beatriz. Aunque Don Jonás siempre le recriminó por no darle un nieto varón, su madre nunca dejó de cuidarla ni de quererla. Jamás se quejó ni la trató con el desprecio que le mostraba Octavio Sarmiento.
Tal vez así era el verdadero amor de familia, ese instinto profundo y absoluto que una madre siente por sus hijos y al que no puede renunciar bajo ninguna circunstancia.
Al igual que ella en ese instante. A pesar de que los mareos eran un tormento, el simple hecho de saber que una pequeña vida crecía en su interior le llenaba el corazón hasta el borde con una alegría indescriptible.
En pocos minutos, Olga le llevó un tazón de sopa clara de fideos, adornada con algo de cebollín y un par de hojas de verdura fresca.
—Joven señora, es bastante ligero, pero tiene muy buen sabor.

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