Al escuchar esa respuesta, Magdalena casi suelta una carcajada, pero al abrir la boca, el picante se le fue directo por la garganta. Empezó a toser sin parar, sintiendo que se ahogaba.
Agarró el vaso de agua y se lo bebió de un solo trago. Cuando por fin se calmó y tomó la jarra para servirse más, se dio cuenta de que todos en la mesa la estaban mirando fijamente. Parpadeó, muy confundida, sin entender qué pasaba.
Recorrió los rostros de los presentes y notó que la mirada del Vicepresidente Zárate estaba clavada en el vaso que ella tenía en la mano. Bajó la vista hacia él y, de repente, lo comprendió todo.
Su vaso de agua estaba a su izquierda, mientras que el de Renato estaba a su derecha. Como ella era diestra, instintivamente había tomado el vaso que tenía más cerca... el vaso de Renato.
Soltó el vaso de inmediato y se apresuró a disculparse con él.
—Presidente Jiménez, perdón, me equivoqué de vaso.
Renato frunció un poco el ceño. Sin decirle una sola palabra a ella, giró la cabeza hacia la puerta del comedor privado y llamó al mesero en voz alta.
Afuera siempre había alguien esperando para atenderlos, así que el mesero entró al instante.
—Este vaso está sucio. Cámbielo por otro —ordenó Renato.
El rostro de Magdalena palideció. En el comedor se hizo un silencio tan pesado que se podría haber escuchado caer un alfiler. Los demás cruzaron miradas incómodas.
El mesero trajo rápidamente un vaso limpio, le sirvió agua fresca al Presidente Jiménez con una cortesía impecable y, de paso, se llevó el vaso «sucio».
Después de la comida, en el trayecto de regreso, Magdalena por fin entendió por qué Octavio la había llevado ese día para ganarse el favor de Renato.
En el fondo, todo se reducía a que, en la fiesta de cumpleaños de Don Jonás, Renato había bailado una pieza con ella. Eso hizo que Octavio creyera que el gran empresario estaba interesado en su hija, y por eso se le ocurrió la brillante idea de llevarla a «distraerse».
Sin embargo, ese día Renato la había humillado frente a todos en dos ocasiones. Seguramente Octavio ya no intentaría usarla como moneda de cambio.
Aun así, lo que había hecho Renato le parecía imperdonable. La había avergonzado de la peor manera posible delante de extraños.
Consumida por el coraje, sin pensarlo dos veces, sacó su celular y le envió un mensaje de texto:
*Presidente Jiménez, si le doy tanto asco, ¿por qué no le pareció sucia cuando se acostó conmigo?*
El chofer escuchó la conversación y detuvo el auto unos metros más adelante.
Cuando ella se bajó, Octavio le dio una indicación que la dejó helada.
—Ten cuidado y vuelve temprano.
Ella se quedó de una pieza. En todos sus recuerdos, su padre siempre había sido un hombre de rostro frío y actitud distante hacia ella.
Él había cumplido con su deber como padre: la había alimentado, vestido y le había dado una vida de comodidades, pero el cariño y el amor que le demostraba no se comparaban en nada con los que le daba a Fátima Sarmiento.
Una vez que el auto de Octavio se alejó, Magdalena comenzó a caminar sin rumbo fijo por la calle, con la idea de buscar una cafetería para pasar el rato un par de horas.
Apenas puso un pie dentro del local, su celular empezó a sonar. Era una llamada de Renato. Miró la pantalla durante unos segundos, luego volvió a meter el teléfono en su bolso y dejó que siguiera sonando.
Pidió un café, se sentó junto a la ventana y se quedó mirando el bullicio de la gente que pasaba del otro lado del cristal.

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