La luz del sol de la tarde entraba brillante y hermosa por el gran ventanal, iluminando unas flores de alcatraz blancas y puras que adornaban la mesa.
Sacó su celular del bolso. Había una llamada perdida.
Esperó unos cinco o seis minutos, pero él no volvió a llamar.
Dejó pasar un rato más, y el teléfono siguió en silencio.
Se dio un golpecito en la cabeza, frustrada consigo misma. Lo había olvidado: ese hombre era Renato Jiménez, no Lázaro Guzmán.
En el pasado, cada vez que ella se molestaba y hacía berrinche, Lázaro siempre la consentía. Si no le contestaba el teléfono, él seguía llamando sin parar hasta que ella decidiera responder.
Por un momento había olvidado que Renato y Lázaro eran dos personas completamente diferentes.
Ya fuera por el porte, la apariencia o el carácter, no se parecían en absolutamente nada.
Además, ella solo era la amante de Renato, no era su novia ni mucho menos su esposa. Él no tenía ninguna obligación de tolerar sus caprichos.
Ideó una rápida excusa y le devolvió la llamada. En cuanto contestaron del otro lado, hubo un silencio pesado; solo se escuchaba una respiración tranquila.
Ella adoptó un tono suave.
—Presidente Jiménez, perdón, estaba en el baño.
—Magdalena —dijo él. Su voz sonó profunda, seca y rasposa.
Era un tono muy tranquilo, pero a ella se le hizo un nudo en la garganta. Sintió una punzada de pánico, como si supiera que su pequeña mentira estaba a punto de ser expuesta a través de la línea telefónica.
Definitivamente, había personas a las que no se les podía mentir.
Y mucho menos si esa persona era Renato Jiménez, un hombre tan astuto e imponente.
Ella apretó los labios y contestó:
—Dígame.
Él volvió a guardar silencio. Después de unos segundos, habló.
—Una mujer puede ser inteligente, pero no debe aprovecharse de sus privilegios para ser arrogante.
¡Solo no le había contestado porque estaba enojada! ¿Había necesidad de exagerar tanto y llamarla arrogante?

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