La directora Julia y los demás lo miraron estupefactos. El gerente Uribe murmuró para sí:
—Con razón, cuando el presidente Jiménez escuchó que la torre había caído, insistió en subir como fuera.
Camilo frunció el ceño.
—¿La torre se derrumbó?
El gerente Uribe asintió.
—La señorita Sarmiento estaba en la torre.
Un destello de horror cruzó los ojos de Camilo, y de inmediato soltó una risa amarga:
—¡La joven señora está embarazada! ¡Si algo le sucede, perderemos dos vidas de golpe!
Santiago apenas estaba llegando a la puerta cuando escuchó aquello y dejó escapar un grito de asombro:
—¿Qué?
Todos voltearon hacia la entrada. Vieron a un hombre sosteniendo a Santiago; ambos llevaban puestos unos enormes impermeables negros con las capuchas puestas.
Santiago se quitó la capucha. Su rostro estaba pálido como el de un fantasma.
—Con razón dijo que le dolía el vientre... resulta que está embarazada.
Ante esas palabras, no solo Camilo, sino que el gerente Uribe y los otros dos empezaron a sudar frío.
La directora Julia miró a Jaime Zavala; ahora sí estaba verdaderamente aterrorizada. Le daba pánico que algo irremediable le hubiera sucedido a Magdalena.
El abogado Zavala lo pensó por un segundo.
—Subiré a buscarlos.
El hombre que ayudaba a Santiago intervino:
—Cuando veníamos de bajada, nos topamos con un deslave. El camino hacia arriba se derrumbó y quedó bloqueado por el lodo.
El rostro de Camilo palideció aún más. Ya no se trataba solo de la joven señora; el propio presidente Jiménez corría grave peligro.
Hasta la directora Julia, siempre tan firme y segura, había perdido la compostura y, consumida por la desesperación, preguntó:
—¿Y entonces qué hacemos?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me Casé con el que Pagó Mi Venganza