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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 375

La directora Julia y los demás lo miraron estupefactos. El gerente Uribe murmuró para sí:

—Con razón, cuando el presidente Jiménez escuchó que la torre había caído, insistió en subir como fuera.

Camilo frunció el ceño.

—¿La torre se derrumbó?

El gerente Uribe asintió.

—La señorita Sarmiento estaba en la torre.

Un destello de horror cruzó los ojos de Camilo, y de inmediato soltó una risa amarga:

—¡La joven señora está embarazada! ¡Si algo le sucede, perderemos dos vidas de golpe!

Santiago apenas estaba llegando a la puerta cuando escuchó aquello y dejó escapar un grito de asombro:

—¿Qué?

Todos voltearon hacia la entrada. Vieron a un hombre sosteniendo a Santiago; ambos llevaban puestos unos enormes impermeables negros con las capuchas puestas.

Santiago se quitó la capucha. Su rostro estaba pálido como el de un fantasma.

—Con razón dijo que le dolía el vientre... resulta que está embarazada.

Ante esas palabras, no solo Camilo, sino que el gerente Uribe y los otros dos empezaron a sudar frío.

La directora Julia miró a Jaime Zavala; ahora sí estaba verdaderamente aterrorizada. Le daba pánico que algo irremediable le hubiera sucedido a Magdalena.

El abogado Zavala lo pensó por un segundo.

—Subiré a buscarlos.

El hombre que ayudaba a Santiago intervino:

—Cuando veníamos de bajada, nos topamos con un deslave. El camino hacia arriba se derrumbó y quedó bloqueado por el lodo.

El rostro de Camilo palideció aún más. Ya no se trataba solo de la joven señora; el propio presidente Jiménez corría grave peligro.

Hasta la directora Julia, siempre tan firme y segura, había perdido la compostura y, consumida por la desesperación, preguntó:

—¿Y entonces qué hacemos?

Renato observó la torre colapsada en el suelo. Cayó de rodillas por la desesperación, con sus oscuros ojos inundados de dolor y tristeza.

Permaneció allí inmóvil durante largo tiempo, como un alma en pena, en medio del desolado escenario arrasado por la tormenta.

Había registrado cada rincón alrededor, pero no había rastro de ella. Le aterrorizaba pensar que estuviera aplastada bajo los escombros.

Santiago había dicho que le dolía el vientre. Mientras subía, él se repitió a sí mismo una y otra vez que, mientras ella estuviera con vida, no importaba si perdían al bebé. Él solo quería que ella viviera.

Pero ahora, si ella estaba bajo la torre... no solo el bebé, sino ella misma tendría pocas posibilidades de haber sobrevivido.

La lluvia golpeaba su impermeable emitiendo un sonido incesante. Las piedras que se le habían clavado en las palmas al resbalar durante la subida le producían un dolor punzante al apretar los puños. Sin embargo, ese dolor tan nítido solo le recordaba que todo esto era real.

A poca distancia, detrás de él, Magdalena estaba de pie, apoyada contra un árbol. El agua no le dejaba abrir los ojos, así que levantó una mano para cubrirse. Al ver la espalda de aquel hombre inerte como una estatua, gritó con la voz enronquecida:

—¿Renato?

Su voz no era fuerte, y con el estruendo de la lluvia, su débil llamado quedó casi ahogado por completo.

Además, Renato estaba tan inmerso en su desconsuelo que no la escuchó.

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