Renato Jiménez revisaba unos documentos. Como tenía la mano derecha lastimada, usaba la izquierda para firmar y aprobar papeles. Aunque los trazos no poseían la misma fuerza y firmeza que su caligrafía habitual, tampoco se veían torpes ni malhechos como los de cualquier otra persona.
Ella observó con asombro la firma en el papel:
—¿Has practicado con la mano izquierda?
Sin levantar la mirada y con la vista fija en los documentos, él respondió con calma:
—Sí.
El asombro de ella aumentó:
—¿Para estar preparado en caso de emergencia?
Renato dejó escapar una leve sonrisa burlona y le dio un pequeño golpe en la cabeza con el bolígrafo. Fue un roce suave que no le dolió en absoluto, y su profunda voz delató su diversión:
—¿Qué tienes metido en esa cabecita tuya?
Ella inclinó la cabeza, murmurando para sí misma:
—¿Cómo es posible que tu caligrafía con la zurda también se vea tan bien?
Él sonrió de lado:
—Para tus ojos, yo soy perfecto. ¿Qué importa cómo escriba con la mano izquierda?
Magdalena, que estaba revisando los documentos firmados, no prestó mucha atención a lo que le decía y asintió por instinto con un simple "mhm". Un segundo después, procesó las palabras, levantó la mirada y se encontró con los ojos oscuros y risueños de su esposo. Sintió tanta vergüenza que hubiera querido cavar un hoyo y esconderse.
Renato extendió la mano y le pellizcó suavemente el lóbulo de la oreja enrojecida. Ella apartó la cabeza de inmediato, lanzándole una mirada de advertencia. Su suegra, Susana, seguía en la habitación, así que le exigía que se comportara.
Susana, al sentirse completamente ignorada viendo cómo la pareja demostraba su cariño sin importar quién estuviera delante, no aguantó un segundo más. Se puso de pie y agarró su bolso.
—Zoraida, nos vamos.
Instintivamente, Magdalena quiso acompañarlas a la puerta, pero Renato le agarró la mano. Ella lo fulminó con la mirada, pero él hizo caso omiso y no la soltó hasta que las dos mujeres desaparecieron de su vista.
Magdalena sintió que le iba a doler la cabeza.
—Esa era tu madre.
Él soltó un simple sonido de indiferencia, organizó los papeles firmados, los guardó a un lado y tomó de nuevo su computadora para continuar respondiendo correos.
Hacia las cinco de la tarde, Olga llegó con la comida. Magdalena estaba en el baño, así que Renato fijó una mirada gélida sobre la empleada y dijo:

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