Después de despedirse de Santiago, Magdalena abrió sus contactos en el celular. Como casi nunca limpiaba su agenda, los números de sus colegas de la Revista Metrópolis seguían allí, así que marcó el número de una compañera.
Días atrás, Belén también había ido al complejo turístico con el equipo de la revista, por lo que estaba al tanto de lo ocurrido aquel día. Tras preguntarle cómo seguía de salud, ambas charlaron de manera distendida un momento.
Ella preguntó:
—¿Qué le pasa a Santiago últimamente? Lo veo como si tuviera muchas preocupaciones en la cabeza.
—Tengo mucho trabajo pendiente, mejor hablamos en otra ocasión —dijo Belén.
El cambio tan repentino en la actitud de Belén hizo que las sospechas de Magdalena crecieran:
—Si no me lo dices ahora, le preguntaré a alguien más y se acabará nuestra amistad. No me interesan los amigos que me ocultan las cosas.
Hubo un silencio del otro lado de la línea. Ella esperó pacientemente, sosteniendo el volante con una mano mientras seguía a Santiago, quien caminaba por la calle con aspecto de vagar sin rumbo fijo.
—Santiago y la Directora Zavala dejaron la revista.
Con un frenazo chirriante, orilló el auto y se detuvo. La noticia fue tan impactante que por un instante se quedó pasmada:
—¿Por qué?
Belén fue muy sutil:
—Ahora eres la Señora Jiménez.
Magdalena le dio vueltas al asunto en su cabeza y de inmediato intuyó la razón:
—¿Cuándo pasó esto?
Belén respondió:
—Al día siguiente de tu accidente.
Tras colgar, llamó a Camilo y le preguntó cada detalle. Camilo, pensando que no tenía sentido ocultarle algo de lo que terminaría enterándose tarde o temprano, se lo contó todo.


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