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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 40

Todos en la mesa eran del mismo círculo de amigos y conocían perfectamente las mañas de Gabriel.

Las atenciones que le había estado dando a Magdalena durante toda la noche dejaban sus intenciones más que claras para cualquiera de ellos.

El hombre que había estado sentado a la derecha de Magdalena y que se destacaba por leer bien el ambiente, notó que Gabriel parecía preocupado cuando ella salió.

—Ve con ella —le dijo a la mujer del escote pronunciado que estaba sentada a su lado.

Pero justo cuando la mujer iba a levantarse, Gabriel se terminó de un trago el licor que le quedaba, golpeó el vaso contra la mesa y la detuvo.

—Yo voy.

Magdalena iba apoyándose en las paredes del pasillo, intentando mantener el equilibrio hacia el baño. Gabriel salió de la sala, la alcanzó en unos pocos pasos y la rodeó por la cintura, sosteniéndola casi por completo.

Justo antes de llegar al baño de mujeres, ella chocó torpemente contra un hombre que venía saliendo del baño de hombres. El sujeto, vestido de traje impecable, se disculpó de inmediato.

—No pasa nada —murmuró Magdalena, arrastrando las palabras por el alcohol, mientras agitaba la mano para restarle importancia.

Ese hombre de traje era nada menos que Camilo, el asistente de Renato. Al escuchar esa voz que le resultaba familiar, la miró un segundo, y luego sus ojos se detuvieron en Gabriel, que la llevaba abrazada.

A Gabriel no le gustó nada la mirada.

—¿Qué miras? —le gritó con actitud de matón, antes de meter a Magdalena al baño.

Camilo regresó a su sala VIP, se inclinó hacia Renato y le susurró algo al oído. Renato, que estaba a punto de soltar una carta, detuvo su mano. En sus ojos brilló una emoción indescifrable.

Tras un largo y tenso silencio, dio una orden clara.

—Llama a Lázaro Guzmán.

Mientras tanto, encerrada en el baño, Magdalena llamó a Santiago. Le explicó que la misión aún no estaba cumplida y que tendría que seguir intentándolo, pidiéndole que la esperara un rato más.

Por su parte, Lázaro Guzmán seguía trabajando hasta tarde en su oficina. Tras recibir la llamada de Camilo, intentó comunicarse al celular de Magdalena una y otra vez.

Pero siempre le daba tono de ocupado. Sin pensarlo dos veces, apagó la computadora, agarró su abrigo y salió corriendo de la oficina.

Gabriel, ya algo molesto, tomó una botella de licor y llenó dos vasos hasta el borde.

—Jugar sin apostar es muy aburrido. El que pierda, toma —dijo él.

—Hecho —respondió Magdalena sin titubear.

Ella solía ser muy buena adivinando los dados, por lo que su plan original seguía siendo emborracharlo para sacarle la verdad. Pero parecía que ese día tenía la suerte en su contra; no dejaba de perder. Ya empezaba a arrepentirse de haber salido de su casa esa noche.

Gabriel le acercó el vaso lleno. Ella negó con la cabeza, incapaz de tomar un trago más, pero él le sujetó la barbilla con fuerza y la obligó a beber hasta el fondo.

Al ver que por fin estaba completamente ebria, Gabriel se despidió del grupo con un gesto, listo para llevársela de ahí.

De repente, la puerta de la sala se abrió con tanta fuerza que golpeó la pared. Todos los presentes voltearon hacia la entrada.

El hombre que acababa de entrar recorrió la habitación con la mirada hasta que sus ojos encontraron a Magdalena recostada en el sillón. Con pasos largos y decididos caminó hacia ella y se detuvo firme justo frente a donde estaba.

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