Ella soltó una risa nerviosa e intentó excusarse hábilmente:
—Presidente Jiménez, mi padre temía no ser un buen anfitrión, así que me pidió que lo acompañara esta noche. Todo para estar a su disposición si necesita algo; después de todo, usted es el invitado de honor.
Renato la miró con indiferencia, no dijo una palabra más y se dio la vuelta para regresar al salón.
Magdalena y Santiago habían fracasado de nuevo, por lo que abandonaron el hotel justo cuando iniciaba la subasta.
Afuera, Santiago se dejó caer en las escaleras, completamente abatido.
—Magda, deberíamos ser sinceros con la directora Julia y decirle que entreviste a otra persona para esta edición. ¡Oh, cierto! —Pareció recordar algo de golpe—. ¿Tú conoces al presidente Guzmán?
Llevaban poco tiempo trabajando juntos en esta tarea, pero a ella él le caía bien. Solía ser muy franca con sus amigos, así que no se molestó en ocultarlo:
—Es mi cuñado.
Santiago abrió los ojos como platos y se le quedó viendo sin parpadear. Después de unos segundos, procesó la información en su cabeza.
Si el presidente Guzmán es su cuñado, y su esposa es la hija mayor de la familia Sarmiento, eso significa que Magdalena es... ¿la hija menor?
¡La señorita de la familia Sarmiento!
Sus ojos casi se salen de sus órbitas al comprender que tenía delante a una verdadera heredera de alta sociedad.
Finalmente exclamó:
—Con razón la directora Julia te asignó conmigo para esta entrevista, aunque tú eres del equipo de edición.
Magdalena sabía las intenciones de la directora desde el principio. Sin embargo, como le estaba agradecida por darle el trabajo y por tratarla bien siempre, había aceptado el encargo. Lastimosamente, los resultados eran desastrosos.
Mientras ella lo observaba ensimismada, Santiago vio salir a Benjamín Herrera. La jaló del brazo y corrió hacia él, dispuesto a intentar un último movimiento.
Apenas se acercaron, el alcalde frunció el ceño con profunda irritación:
—¿Ustedes otra vez? ¡Ya me tienen harto!
Santiago usó un tono suplicante:
—Alcalde Herrera, solo le pedimos cinco minutos. Será una entrevista breve. La Revista Metrópolis no es un pasquín de chismes, por favor, denos una oportunidad.
Los asistentes al evento benéfico eran gente de la alta sociedad; no les importaba hacer un escándalo público. Solo los miraron de reojo sin detenerse.
Benjamín había perdido por completo la paciencia. Sus ojos denotaban asco y su rostro estaba ensombrecido, al borde de la furia. Su secretario, previendo el estallido, le tiró de la chaqueta y negó con la cabeza en silencio.

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